Román Rouet, introducido en el salón, declaró que no había visto nada sospechoso en sus rondas. Era el tal un viejo, medio labrador, medio guarda y, más que nada, cazador furtivo, con la cara curtida por la lluvia y el sol, enmarañadas cejas, que se hacía cortar como el cabello, y dientes destrozados por la acidez de la sidra.

—Mi ama, nadie ha llegado al país y nada he visto que se parezca á gentes malintencionadas ... Siempre se arrastran algunos harapientos por el camino ... Éste, que viene de Maromme ... Aquél, que va á Fontaine-le-Bourg ... Pero gentes que quieran entrar ... Yo estoy aquí para impedirlo ...

—¡Bueno! dijo Clementina. Vaya usted y vigile.

—Con los dos ojos, mi ama.

—¿Por qué estaba tan alegre esa muchacha?... repitió la señorita Guichard pensativa.

Pasó la velada jugando al bezigue con Bobart y soñó por la noche que Roussel había entrado á viva fuerza en el castillo, con la cara embadurnada de negro, como los antiguos bandidos, y la había puesto un puñal en la garganta para obligarla á decir dónde había ocultado á su sobrina. Un vivo dolor la despertó; debatiéndose en su cama, acababa de pincharse la barbilla con una horquilla desprendida de ana cabellos.

Había muy buenas razones para que el guarda de la señorita Guichard ignorase la presencia de Mauricio y de Roussel en el país. Éstos no habitaban en él. Román Rouet había podido recorrer todas las tabernas del país sin encontrar indicio alguno. Roussel y Mauricio se hablan quedado á cuatro leguas de Rouxmesnil, en Auffai, en casa del dueño de una gran fábrica de hilados, amigo de Fortunato desde la infancia. Alojados en el castillo de Perceville, los dos parisienses estaban allí á sus anchas y hacia seis días recorrían á su gusto los alrededores, sin que fuese notada su presencia.

Tomaban el ferrocarril; se bajaban en Cléres y desde allí se iban á la propiedad de la señorita Guichard. Mauricio había hecho amistad, desde el primer día, con un perro de ganado, de talla colosal, que el dueño de Perceville había traido de Irlanda, y escoltado por aquel formidable compañero, de un olfato admirable, bloqueaba las cercanías de la prisión de Herminia. El viejo que la joven había visto de lejos, sentado en la cerca, era Mauricio.

Éste se había estremecido viendo en la verja, al principio una sombrilla de color, después una vaga silueta y por último á su mujer, que se aproximaba mirándole. Estuvo á punto de levantarse y correr hacia ella; pero la aparición repentina de la señorita Guichard en la ventana, había helado su entusiasmo y, renegando y dando al diablo á la solterona, había permanecido inmóvil, mirando á su compañero, que se revolcaba al sol. Por la noche, su envidia fué extremada cuando supo que Roussel había tenido la buena fortuna de hablar con la joven, y no se serenó más que por la seguridad de que él tendría la misma dicha al día siguiente. Pero Roussel no se daba por satisfecho con la ventaja, demasiado platónica, de haber conversado y conversar otra vez con Herminia, y necesitaba resultados prácticos, materiales y decisivos.

—Me vas á hacer el favor, ¿eh?, de no perder mañana el tiempo en arrullos, como Romeo en el balcón de Julieta. Los campos están llenos de alondras que te cantarán la canción de la partida. Ahora bien, esa partida no debes efectuarla solo. Toma tus disposiciones con Herminia para llevártela el mismo día, si es posible. Tendremos todo el día y toda la noche una excelente silla de posta en la aldea de Rongemare, á un kilómetro del sitio en que debes encontrar á tu mujer....