—Tienes razón. Subo á mi cuarto, cierro con llave la puerta del de Herminia y me acuesto. Buenas noches; hasta mañana.

Eran las diez. Herminia estaba todavía leyendo en su cuarto. Reinaba un profundo silencio. De repente creyó la joven haber oído un ligero ruido en los cristales de la ventana, y escuchó, creyendo que, acaso, algún murciélago había rozado el vidrio con las alas. Un instante después, se renovó el mismo ruido, que pareció como de fino granizo que hirióse los cristales. Herminia miró al exterior; la noche estaba hermosa y el cielo cuajado de estrellas. Abrió suavemente la ventana y un puñado de fina arena cayó en el cuarto. Se inclinó vivamente con una palpitación de esperanza, y á menos de un metro por debajo de la cornisa de piedra vió una forma negra que estaba de pie en el herraje de la estufa. La joven dejó escapar una exclamación. La sombra se separó un poco del muro y Herminia reconoció á su marido.

¡Mauricio, dijo, en nombre del cielo, bájate de ahí; ¡te vas á matar!

—¡Silencio! dijo el pintor en voz baja; no hay ningún peligro. Si no temiera hacer ruido, ya estaría á tu lado. ¿Dónde habita tu tía?

—Al lado mío, respondió Herminia.

—Entonces, vamos despacio. ¿Tienes cortinas sólidas?

—Tengo algo mejor ... La cuerda con que estuvo atado mi baúl ... Es muy gruesa....

—¡Bueno! ¡átala á esta barra de apoyo ...

—Pero, ¿y si se rompe?...

—No se romperá.