—Pero, ¿qué intentas?
—Lo sabrás dentro de un instante ... ¡Cuidado! ... Se abre una ventana....
Mauricio se pegó al muro y Herminia no se movió.
En el silencio de la noche se oyó la voz de Clementina, que decía:
—¿Eres tú, Bobart, el que está abajo?
—Sí, excelente amiga; respondió sordamente otra voz.
—Éntrate y echa bien los cerrojos.
La señorita Guichard cerró la ventana y Herminia respiró libremente.
—Herminia, dijo Mauricio con una alegría que, en tal momento, pareció caballeresca á la joven; no es Bobart el que ha respondido, es mi tutor, que está esperándome al pie de la estufa ...
La esposa acabó de atar la cuerda y la dejó caer hacia afuera; Mauricio la cogió y de un solo esfuerzo llega hasta la cornisa. Su mujer tenía tal miedo de verle caer, que le cogió del brazo y le atrajo hacia ella con una fuerza inesperada. Tenía de este modo la boca tan cerca de la cara de la mujer amada, que no pensó más que en aprovechar tan feliz circunstancia y el grito de júbilo de Herminia se apagó con un beso. Después la curiosidad recobró su imperio, y la joven preguntó: