Bobart venía, sin embargo, muy pacíficamente. Había cerrado todas las puertas y se disponía á acostarse. Se aproximó al sitio en que los dos jóvenes estaban como embutidos, y en el mismo instante, una mano tan rápida como vigorosa le cogió la escopeta y se la arrancó. Con gran espanto, Bobart se encontró frente á frente con Mauricio, que tenía á Herminia á su lado.
—¡Señor!... exclamó....
Y no pudo acabar. Cinco dedos se habían enroscado á su cuello y le apretaban tan enérgicamente, que su cara se puso morada.
—¡Ni una palabra! dijo Mauricio, ó te estrangulo como á un pollo....
Bobart no hubiera podido pronunciar esa palabra aunque le hubieran ofrecido por ello el trono de Francia. No hubiera exhalado ni un suspiro. Mauricio soltó su presa y dijo en un tono que no admitía réplica:
—Nos vamos mi mujer y yo. Usted va á conducirnos hasta el extremo del parque; allí quedará libre y no tendremos nada que temer de usted ni de los suyos. Vaya usted delante y al menor intento de despertar la alarma, no le dejo hueso sano. Bobart, cogido por el brazo, abrió él mismo la puerta y como quisiera alumbrar el camino, con su linterna, dijo Mauricio:
—¡Demasiadas atenciones! La luna basta ... y sobra. Hay que ir á buscar á mi padrino á la estufa.
Ante la idea de encontrarse enfrente de Roussel, Bobart se estremeció, pero echó á andar, sin embargo. No tenía deseo alguno de resistirse. Pasaron por debajo de la ventana de Herminia, que aún estaba abierta, y Roussel se les reunió sin hacer una pregunta y sin que pareciese que había reconocido á Bobart. Atravesaron el parque, pero en vez de dirigirse hacia el foso, llegaron á una puerta practicada en el muro. Bobart la abrió y á cincuenta pasos vió un coche que estaba parado en la esquina de un camino de travesía. Al llegar á la cabeza del caballo, un hombre que guardaba el coche, se adelantó y dijo:
—¿Está aquí la señora?
—Aquí está, respondió Roussel, que habló entonces por primera vez.