Si; no me queda más que ese medio de arreglar mis asuntos de un modo honroso, ¡Una reconciliación! Acaso de esto modo vuelva á adquirir influencia con Roussel.

Tomada su resolución, entró en el cuarto, se acostó y se durmió.


CAPÍTULO XI

QUE TRATA DE UN ANTIGUO FUEGO OCULTO BAJO LA CENIZA.

En el hermoso comedor de la quinta de Montretout, Roussel, Herminia y Mauricio acababan de comer. Los jóvenes y su padrino estaban locos de alegría. Por la ventana, que daba al jardín, entraban perfumes de clemátida y el sol, al ocultarse en el horizonte por detrás de los bosques, se apagaba en un cielo matizado de rosa, verdoso y anaranjado.

—¡Qué diferencia! decía Herminia, entre esta deliciosa comida y las que hacia en Rouxmesnil, entre mi tía y Bobart!

—Sí; ¡se acabó la tristeza! Mañana nos vamos á Florencia y Venecia.

—También debía partir para el extranjero con mi tía ... Estoy predestinada á los viajes.