—¡Debe hacer una buena figura, añadió el joven, frente á frente de la señorita Guichard, en el gran comedor de Rouxmesnil!

—¡Suponiendo que estén allí! dijo Roussel moviendo la cabeza.

—¿Dónde cree usted que podrán estar?

Bobart, en el demonio; yo me refiero á Clementina. Desde el momento en que no le ha necesitado, le habrá puesto en la calle sin tardanza. Pero ... ¡Ella! ¡Tiemblo á la idea de que pudiese aparecer!

—¡Aquí! dijo Mauricio con un ademán de duda.

—Si, hijos míos; aquí.

Herminia se aproximó instintivamente á su marido, como si esperase necesitar su protección.

—Desde esta mañana os veo regocijaros; os oigo cantar victoria ... y os dejo hacer. Hay que gozar de los buenos instantes, cuando se presentan; siempre es esto una ventaja sobre los fastidios de la existencia. Pero yo, que soy viejo y experimentado y, sobre todo, que sé, á mi costa, quién es Clementina, preveo el porvenir y espero algún nuevo asalto.

—¡Le rechazaremos!

—Sin duda. Pero siempre que hay batalla, hay golpes y heridas. Los golpes, los daréis vosotros, sea; pero acaso echéis de menos el tiempo en que los recibíais.