—Entonces, padrino mío, ¿usted supone que la señorita Guichard ha dejado Rouxmesnil?

—Esta mañana, á primera hora.

—¿Y que está en París!

—Y acaso en camino para Montretout.

Como si las palabras de Roussel hubiesen tenido el poder de evocar á la que todos temían ver aparecer, una campanada resonó en la puerta, la verja del jardín se abrió y en la vaga obscuridad del crepúsculo, avanzó una sombra negra, silenciosa, amenazadora. Siguió la calle de árboles, llegó á la escalinata, la subió lentamente y desapareció en el vestíbulo.

Roussel, Herminia y Mauricio, de pie delante de la mesa, se miraban estupefactos, aterrorizados, mudos. Por último Mauricio, como si no creyese á sus ojos, se inclinó hacia el jardín y buscó al espectro.

Pero no vió más que un coche de alquiler que se colocaba delante de la verja, esperando á la terrible visitante.

—¡Es ella! dijo por fin Roussel en voz baja. ¡Vais á ver!

—¡Oh! Dios mío, suspiró Herminia, y se echó en los brazos de Mauricio, como si temiese que los separasen de nuevo.

En este momento, se abrió la puerta del comedor y Federico, pálido, avanzó diciendo en tono consternado: