—¡Señor! Es la señorita Guichard ...

—¡Oh! Bien la hemos visto, contestó Roussel con calma. Hágala usted entrar en el salón.

Y volviéndose hacia los jóvenes, dijo:

—Hijos míos, no hay que titubear, es preciso recibirla ... así, con sangre fría. Hablad poco ... y escuchad mucho ... Si se dicen atrocidades, es mejor que las diga Clementina ... Aquí estoy yo ... ¿Sí? Entonces, seguidme.

Abrió la puerta del salón y con la misma tranquila seguridad de ocho días antes en el salón de la señorita Guichard, dijo:

—Buenas tardes, mi querida prima ... Sé bien venida á mi casa.

Clementina, de pie y contraída, esperaba el choque, y aquella acogida cortés, después de tantas villanías hechas por ella, la desconcertó. Cambió de fisonomía, sus manos temblaron, y viendo á Herminia que, aterrada, se había detenido á tres pasos, se puso á gritar:

—¡Mi hija! ¡Oh, Dios mío! ¿Me aborreces ya? Entonces ¿qué va á ser de mí?

Grandes sollozos sacudieron nerviosamente á la solterona, que, avergonzada de su debilidad, se cubrió el rostro con las manos y cayó aniquilada en una butaca.

No se rompen fácilmente los lazos de una afección de veinte años, cuando se tiene un corazón tierno y generoso; Herminia fué la prueba. No pudo ver llorar tan amargamente á la mujer que la había educado y dejando el brazo de Mauricio, corrió á la señorita Guichard, con los ojos llenos de lágrimas y exclamando: