—¡Tía mía! No llore usted más ... ¡Me desgarra usted el corazón!
—¡Ah! ¡Por fin te encuentro! balbuceó Clementina, estrechando á Herminia hasta ahogarla. ¡Ah! querida niña, con la que he sido tan dura y que me absuelve sin una vacilación!... ¡Oh! pequeña mía!... ¿Cómo obtener jamás que olvides todo ese daño?... Pero ¡estaba loca! ¿sabes?¡No sabía lo que hacía!...
Las dos mujeres se abrazaron como si se vieran después de haber escapado las dos de un gran peligro. Roussel las miraba con aire inquieto y murmuró al oído de Mauricio:
—¡Esto es lo que yo temía! Y es mayor el peligro porque esta mujer parece sincera.
—Si es sincera, todo puede arreglarse ...
—Sí ¡pardiez! por ocho días!... Pero, ¿después?...
La señorita Guichard, teniendo á Herminia como escudo contra el resentimiento de los dos hombres, se volvió hacia Mauricio y dijo:
—Y usted, pobre amigo, ¿podrá perdonarme todo lo que le he hecho sufrir? Estaba mal aconsejada ... Me han empujado en el sentido á que me inclinaba, en lugar de contenerme ... Pero me doy cuenta de mi error y ¡quisiera á toda costa repararle!...
—No debo acordarme más de lo que usted me ha hecho, querida tía; es, por tanto, inútil hablar de ello. Pero hay alguien respecto del cual usted ha cometido faltas serias ... Á éste no le ha dicho usted nada todavía ...
La señorita Guichard lanzó un doloroso suspiro y bajó la cabeza con desesperación. ¿Sentía remordimientos por lo que había intentado contra Roussel, ó solamente disgusto por no haber vencido? El diablo sólo hubiera podido saberlo, porque sólo el diablo podía leer en el alma de la solterona. Mauricio continuó: