—Si usted quiere que la semana que acaba de pasar se borre de nuestra vida, es preciso que emprendamos de nuevo la existencia tal como la habíamos arreglado el día de mi boda. La base de nuestra convenio era el perdón franco y sin reservas de los daños recíprocos y la concordia en la familia. ¿Está usted resuelta á firmar la paz en esas condiciones?

—Estoy á vuestra discreción, gimió la señorita Guichard.

—No; no es así como hay que responder, interrumpió Mauricio con firmeza. Usted es libre; nada la imponemos; haga usted lo que desee. ¿Quiere usted vivir en adelante en buena inteligencia con todos nosotros?

—De todo corazón.

—¿Comprende usted bien lo que quiere decir "todos?"

—Lo comprendo y lo aceptó.

—Entonces abracémonos, tía mía, y que no se hable más del asunto.

Á estas palabras, Herminia saltó de alegría, pero fué la única que manifestó satisfacción cordial. Había ya pasado la efusión del primer momento, y la señorita Guichard y Roussel tenían la frente cargada de nubes. Mauricio los miraba con inquietud. Clementina pensaba: "¡Yo sufro el yugo; no hay que decirlo: estoy vencida y él triunfa!" Roussel decía para sus adentros: "Hemos obtenido una victoria como la de Pirro: ¡otra como esta y estamos perdidos! ¿Quién se encargará de atar corto á esta loca cuando haya vuelto á sus veleidades belicosas? Habrá perpetuamente en nuestra vida causas de disgusto, y la tranquilidad de estos muchachos no estará segura. Por otra parte. ¿Es sincera cuando promete mostrarse razonable? ¿No representa una comedia? ¿No prepara nuevas baterías para aplastarnos? Es preciso saberlo y yo soy el único que puede penetrar sus intenciones."

Levantó la frente y adelantándose hacia Clementina:

—Has tratado con Mauricio y con Herminia: está muy bien, dijo graciosamente; pero no estás arreglada conmigo. ¿No te parece, mi querida prima, que tenemos algo que hablar? Es preciso no ocultar nada en el corazón en una situación como la que vamos á afrontar. Vaciemos, pues, nuestro saco, para no volver más sobre el asunto.