La señorita Guichard asintió con una inclinación de cabeza, pero su cara estaba tan sombría que Mauricio y Herminia se miraron con ansiedad. De esta conversación suprema, ¿saldría una nueva guerra ó la paz definitiva? Todo era de temer. La pólvora y el fuego puestos en contacto no podían producir más formidable explosión que Roussel quedándose en presencia de Clementina. Sin embargo, á una señal de Fortunato, los jóvenes se cogieron del brazo y salieron. Por lo menos ahora estaban seguros de que nadie conseguiría separarlos.

En el salón, Roussel y Clementina se examinaban en silencio. Quien los hubiera visto en este momento, difícilmente hubiera pensado que estaban bien dispuestos el uno para el otro. Roussel tomó el primero la palabra y dijo tranquilamente:

—Dime, querida prima, ¿es seria tu resolución?

—Si no lo fuera, replicó la señorita Guichard, ¿qué hacia yo aquí?

—¡Eh! ¡Buena es esa! Estás aquí porque no has tenido otro remedio. Si Herminia estuviera todavía en Rouxmesnil, ¿nos ofrecerías la paz?

Á estas palabras que le recordaban la afrenta recientemente sufrida, Clementina cambió de color, y con voz agria dijo:

—Primo, te felicito: llevas bien la blusa.

—¿Qué sabes tú, si no me has visto?

—Me lo han dicho.

—¿Quién? ¿Ese canalla de Bobart?