El doctor las empujó hacia el patio. Cuando se encontraron solas, oyeron ruido de pisadas detrás de la puerta de la cochera, después órdenes dadas en voz breve y por último ese grito casi inarticulado que lanzan los marineros cuando tiran del cabrestante. De repente se oyó un quejido desgarrador; un clamor de tortura que aterró á las dos mujeres, y casi en seguida se abrió la puerta y apareció el doctor, enjugándose la frente y diciendo:

—¡Esto se acabó!

El herido yacía sobre los almohadones, más pálido que antes y todavía inanimado.

—¿Es él quien ha gritado? preguntó la señorita Guichard.

—Sí, el dolor le ha despertado, pero se ha desmayado otra vez....

—¿Y qué vamos á hacer?

—Yo no creo prudente trasladarle por el momento. ¿No podría usted darle hospitalidad por veinticuatro horas?

—Y bien, elijan ustedes una habitación adecuada ... y que sea á propósito.

—La que habita el primo Bobart cuando viene, podíamos darle....

—Sea por el cuarto del primo Bobart.... Así la humanidad será respetada y las conveniencias satisfechas.