—¡Calla, desgraciado! interrumpió Fortunato con un ademán de horror. Gracias á Dios esto libre de ella y el diablo mismo no me haría ponerme voluntariamente en su presencia ... ¡Calla! ¿has cambiado la cabeza de tu desposada?
Roussel, paseándose de arriba abajo, en la agitación que le producían aquellos recuerdos, se había detenido delante del cuadro empezado por Mauricio antes de su partida y miraba con atención la figura que representaba á Herminia.
—Sí, dijo Mauricio; me ha parecido que el rubio estaba mejor en la escala de los colores: el moreno resultaba brutal.
—La fisonomía es encantadora. ¿De qué modelo te has servido?
—De ninguno: está hecho de imaginación....
—¡Ah! Pues no es esa tu costumbre....
Se calló. Acababa de ver el estudio de la virgen del bordado y le examinaba con aire cuidadoso. De una ojeada había reconocido el terraplén de la quinta del tío Guichard, en el que había jugado durante toda su infancia. Y en aquella joven inclinada hacia la callejuela y rodeada de follaje, volvía á encontrar á la desposada cuya cara había cambiado Mauricio por un repentino capricho. ¡Una extraña coincidencia, verdaderamente, y muy á propósito para alarmar á Roussel! Éste permanecía delante del lienzo, no atreviéndose á volverse por no mostrar á su hijo adoptivo su cara sombría, pero viendo, sin embargo, que era necesaria una explicación. Por fin, se armó de valor, y dijo:
—¿Es nuevo este boceto?
—Sí, padrino; he emprendido este cuadrito después que usted se marchó.
—Es la misma cabeza de la desposada ... ¿También de imaginación?...