—Pero ¿después?

—¡Oh! Después ... después será cuando empiecen las verdaderas dificultades. Tendrás que mostrarte lleno de deferencia por la señorita Guichard. Si no haces causa común con ella contra mí, si confiesas una reconciliación con tu tutor, el diablo se desencadenará y entonces sabrás á ciencia cierta lo que es esa señora ... Porque, amigo mío, ahora no puedes juzgarla ... no la conoces.

—Es usted tan bueno, dijo Mauricio con alguna indecisión, que me voy á atrever á dirigirle una pregunta verdaderamente arriesgada ... Llegado el caso, ¿consentiría usted en reconciliarse con la señorita Guichard?

—¡Consentiré en todo para hacerte dichoso! Pero no te hagas ilusiones; es á Clementina á la que habrá que decidir. Yo jamás le he hecho nada malo, si se exceptúa el no querer llamarme barón de Pontournant y dejarla para vestir imágenes.... No puedo hacer más que ofrecerme á estrechar su mano ... Y te doy mi palabra de que tendré ese heroísmo....

—Entonces todo saldrá á pedir de boca. Usted exagera su rencor. La edad ha amortiguado los fuegos de su cólera ... Se ha calmado mucho.

—Eso me asombra ... El vino gana en sabor al hacerse viejo, pero el vinagre, por el contrario, aumenta en acidez ... Y la acidez de Clementina.... Cuando la conozcas, verás lo que es bueno.

—¡Padrino mío!

—No; no lo digo para retirar mi promesa. Estoy decidido, pero sé á lo que me comprometo. Hace veinte años, retrocedí ante el abismo; ahora me arrojaré á él. ¿No hubo en Roma un ser sublime llamado Curtius que se echó armado en una sima para apaciguar á los dioses?

—Sí, padrino mío; ese fué el asunto de mi primer concurso para el premio de Roma.

—Pues bien ¡yo imitaré á ese mártir! Pero, cuando esté en el fondo, ¿no me dejarás solo?