—¿Podrá encontrarla?
—La hará nacer, como hoy.
—Entonces ¿qué va á pasar?
—¿Tienes confianza en mí, Herminia?
—Absoluta.
—¿Crees que mi único deseo, fuera de toda consideración extraña á nosotros, es nuestra propia dicha?
—Lo creo.
—¿Y piensas que aquí, entre mi tutor y tu tía, podremos escapar á los disturbios y á las malas influencias?
—Creo que no.
—Entonces, deduce tú misma la consecuencia. La joven permaneció un instante pensativa y con la rubia cabeza inclinada y algunas lágrimas rodaron por sus ojos. Después murmuró: