—¡Es preciso huir!
—Sí, marcharnos, niña querida; salvarnos, para ser el uno del otro, lejos de todo lo que no sea confianza y ternura.
—Pero eso, ¿no será mostrarme ingrata hacia la mujer que me ha educado y que ha sido excelente para mí?
—Eso será mostrarte fiel al que te ama y al que tú habrás de amar.
—Y al que amo ya, Mauricio, dijo Herminia, sonriendo á través de sus lágrimas. Pero yo no soy más que una mujer y no tengo valor para decidir entre lo que me parece mi deber y lo que es mi deseo ... Tú, que tienes la firmeza necesaria, manda; yo obedeceré.
Mauricio movió la cabeza.
—No, Herminia; yo no puedo hacer lo que pides. Por graves que hayan sido las faltas de la señorita Guichard hacia mí, no me considero como absolutamente desligado de los compromisos que con ella contraje. He prometido no obligarte jamás á separarte de ella; te dejo, pues, en libertad. Si quieres quedarte, nos quedamos. Si partimos, es preciso que sea por que hayas dicho: "¡Quiero partir!"
—¡Oh! Mauricio, ¿qué exiges de mi?
—Que salves tú misma, y sola, nuestra dicha. ¿Es mucho? Reflexiona acerca de lo que sucede enderredor. Aquí está el desorden donde perecerá nuestro reposo; fuera de aquí, la calma, la libertad de amarnos. Herminia, ¡tenemos tanto tiempo delante, y tan hermoso! Algunos días bastarán para que la que nos ha hecho tanto daño recobre la razón y nos llame, y entonces podremos volver y gozar en paz de la tranquilidad que tan bien habremos ganado. ¿Es esto tan espantoso? ¿Prefieres correr los riesgos de una guerra en la que todos los tiros vendrán á herirnos en el corazón?
—Mauricio....