Herminia dudaba. Mauricio se puso á sus plantas y mirándola hasta el fondo del alma, añadió:
—Herminia, un minuto de resolución; una palabra decisiva, y todo se ha salvado. ¿Tienes miedo de confiar en mi? Bien sabes que te adoro. En el mundo no hay más que nosotros dos; lo demás poco importa. ¿Quieres sacrificarnos á rencores pueriles y á odios vergonzosos? ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer tales sufrimientos? ¿Cuál es nuestro crimen, amarnos? ¡Crimen muy dulce, por cierto!
La joven se había inclinado hacia él. Mauricio tomó su mano y la apoyó contra el corazón. Herminia lanzó un gran suspiro y después dijo con voz firme:
—¡Partamos!
—¡Ah! ¡Qué dichoso soy!
Herminia le dirigió una mirada que probaba que aquella exclamación de alegría recompensaba su esfuerzo. En este momento entró Roussel.
—Hijos míos, es preciso volver al salón. Os buscan por todas partes y ya he tenido que impedir á Bobart que viniera á interrumpiros ... ¿Estáis de acuerdo?
—Sí, padrino mío; nos vamos. Herminia es la que lo quiere.
—Y tiene razón. Yo no quiero aconsejaros, pero en esta época, una temporada en la orilla de los lagos de Italia, en Bellaggio, por ejemplo....
Los ojos de Herminia se iluminaron. Nunca había viajado y no conocía nada. Roussel se arrepintió de haber introducido aquel elemento tentador en la resolución de Herminia, y pensó: "Esto no es juego limpio; pero ¡cómo se manifiesta siempre y en todo la mujer! ¡Qué mirada la de esta muchacha!