Querido Mauricio, decídelo todo ahora, dijo Herminia; yo vuelvo al lado de nuestros amigos.

Y desapareció ligera y casi alegre. Roussel se volvió hacia su hijo y dándole golpecillos en el hombro, le dijo:

—¡Ah, bribón, no tienes de qué quejarte! ¿Vas, naturalmente, á llevarte á tu mujer?

—Usted lo ha dicho. Son las nueve y media: á las doce prescindo de la compañía de la gente de la boda.

—Tengo una excelente carretela que me espera en la plaza: ¿la quieres?

—¿Me llevará á París?

—Desde luego. Es cuestión de propina.

—Entonces, está dicho. Prevenga usted al cochero.

—Enseguida. Tu mujer, ¿ha puesto mucha resistencia?

—La necesaria para que su decisión tenga una significación cariñosa ... ¡Es un ángel!