—¡Bueno! Se lo pagaremos después.
Fueron interrumpidos por una tempestad de armonías: era la banda que, en el patio, empezaba, al unísono con la orquesta, el rigodón de honor. En este momento se mostró en la puerta la fisonomía inquieta de Bobart.
—Señor Aubry, le buscan á usted por todas partes.... La señorita Guichard le reclama....
—¡Anda! Ve á cumplir tus deberes, dijo Roussel cambiando una mirada con Mauricio. Mientras, tomaré el aire en el jardín. Hace aquí un calor terrible.
Se separaron y Mauricio se dirigió, á través de las filas de curiosos, hacia la señorita Guichard que le esperaba en pie, altanera y masculina, en medio del salón de baile, teniendo enfrente á su sobrina, del brazo del señor Tournemine.
—¡Ah! ¡Por fin! dijo dirigiéndole una mirada imperiosa. Vamos; colóquese usted ahí y empecemos.
Rugieron los instrumentos, y las parejas, poniéndose en movimiento al mismo tiempo, emprendieron la primera figura del rigodón.
Bobart, preocupado con el doble conciliábulo que acababa de verificarse en el saloncillo, primero entre Herminia y Mauricio y después entre Mauricio y Roussel, en lugar de entrar en el salón de baile, se aventuró por el jardín en seguimiento de Fortunato. Por instinto adivinaba una maniobra ofensiva por parte de los enemigos de su prima. Amargamente vituperado por Clementina, que le acusaba de no haber vigilado suficientemente á Roussel, tenía empeño en tomar un desquite. Y su amor propio, su odio y su interés reunidos le impulsaban á seguir las huellas del solterón.
La noche estaba oscura y serena. Los faroles venecianos alumbraban las calles de árboles en torno de la casa. Las arboledas del jardín y el terraplén estaban en la sombra. Roussel empezó por pasearse por el parque con aire indiferente y después, poco á poco, se aproximó á la puertecilla que daba al rincón de la callejuela en que estaba la tapia en la cual Mauricio había visto por primera vez á Herminia. Roussel se volvió para observar si era espiado, y Bobart apenas tuvo tiempo por esconderse detrás de un árbol. Desde allí vió al tutor abrir la puerta y salir vivamente.
Echó á correr y llegó al terraplén á tiempo para ver á Roussel acercarse á un coche que estaba parado en la plaza y hacer señas al cochero para que acercase el vehículo á la esquina de la callejuela, á dos pasos de la puertecilla.