Mientras la carretela atravesaba la plaza para colocarse al pie del terraplén, Roussel la seguía con aire plácido. Se aproximó al cochero y antes de entrar de nuevo en el jardín, le dijo á media voz:

—¿Ha entendido usted bien, no es verdad? Un caballero y una señora, dentro de hora y media. Tendrá usted veinte francos de propina al llegar París.... Y sobre todo, permanezca usted ahora en el coche hasta el momento de partir.

—Vaya usted tranquilo, señor Roussel, dijo el cochero.

Inclinado sobre el muro del terraplén, en la sombra, Bobart no había perdido ni una palabra de estas recomendaciones. Pensó: "¡Un caballero y una señora que el cochero debe conducir á París en el coche de Roussel! Esto es claro como la luz; se trata de Mauricio y Herminia. La intervención de mi excelente prima produce su efecto: los recién casados meditan una fuga. No es esto ciertamente lo que la señorita Guichard esperaba; luego es preciso prevenirla."

Fortunato atravesó el jardín con paso tranquilo y entró en el salón de baile; Bobart le siguió y al llegar á la puerta vió que llamaba á Mauricio y Herminia y les daba explicaciones que los jóvenes escuchaban con extraordinaria atención. Después se separaron y Herminia y Mauricio recorrieron del brazo el salón mientras Roussel se paseaba con aire distraído. En estas circunstancias cuya gravedad adivinaba, Bobart no dudó; se fué derecho á la señorita Guichard, que parecía una reina en medio de sus convidados, y llevándosela al pie del tablado de la orquesta, dijo:

—Procura no dejar que se altere tu cara, mi excelente amiga, porque nos observan y tengo que darte serias noticias. Dentro de hora y media parten Mauricio y Herminia para París.

—¿Qué dices ahí? exclamó la señorita Guichard con voz temblorosa por la cólera.

—Cálmate y escucha. Lo he descubierto todo hace un instante. Roussel es quien ha aconsejado y preparado el plan.

—¡El miserable!

—Su coche espera al lado de la puertecilla del jardín y va á servir á los recién casados para alejarse de aquí.