Y tomando á su hijo por el brazo, dijo:
—Ven, Mauricio, ven. No tenemos nada que hacer aquí.
CAPÍTULO VIII
EL SECUESTRO.
Por la mañana del siguiente día, estaba Roussel todavía dormido cuando entró Mauricio en su cuarto, descorrió las cortinas y se sentó en una butaca al pie de la cama.
—¿Qué hora es pues? preguntó Fortunato incorporándose.
—Las cinco. Perdóneme usted que interrumpa tan pronto su sueño, pero estando solo, me volvía loco....
—¡Oh! hijo mío; has hecho muy bien en despertarme. Espera, voy á levantarme.