—No, permanezca usted acostado; lo mismo podemos conversar y con tal de que me hable usted de Clementina, quedaré aliviado....
—¿Tú no has dormido? mi pobre hijo....
—¡No! Pero eso importa poco. Sufriría todas las penas sin quejarme con tal de saber dónde está mi pobre mujer.
—Tranquilízate; lo sabremos. Y entonces.... Pero, ahora pienso ... Federico, ¿está levantado?... Sí. Llama.
—¿Para qué?
—Vas á verlo.
Mauricio llamó. Al cabo de un instante apareció el ayuda de cámara de Roussel. Era un excelente servidor que había sustituído al criado modelo que la señorita Guichard había quitado á Fortunato veinte años antes. Ningún ofrecimiento había hecho mella en Federico; por eso, en sus días de buen humor, Roussel le llamaba Hipócrates. Un día en que el ayuda de cámara se atrevió á preguntar á su señor porqué le llamaba así, éste le respondió: "Por causa de los presentes de Artajerjes." Federico no comprendió mucho más y permaneció estupefacto. Y Roussel añadió "¡ Bueno! No se caliente usted la cabeza: Hipócrates era un hombre incorruptible." Federico se dió por satisfecho y adquirió mucho mayor importancia á sus propios ojos. Con el tiempo se había hecho enteramente adepto y, sobre todo, adoraba á Mauricio.
—Federico, dijo Roussel, ¿está usted todavía en buena inteligencia con el portero del señor Bobart?
—Sí, señor. Por recomendación del señor, yo he sido quien le ha proporcionado su plaza.
—Bueno. Federico, va usted á salir inmediatamente para París. Irá usted á ver á su protegido y le pedirá, como un servicio de capital importancia, que, en el caso de que el señor Bobart salga de París, indique á usted la estación por donde ha partido. Y si puede usted obtener que le informe acerca del departamento ó el país extranjero de donde lleguen cartas para el señor Bobart, nos prestará á Mauricio y á mí una ayuda inapreciable.... Usted nos conoce muy bien para creer que se trata de algo vituperable....