—¿Cómo ha consentido en acompañarla?
—¡Buena es esa! ¿Sabes cómo habrán pasado las cosas? La señorita Guichard es robusta como un coracero ... ¿Quién te dice que no se ha llevado á Herminia por la fuerza?
—No es posible. ¡En medio de quinientas personas! ¡Cuando el cochero no estaba prevenido y hubiera bastado un grito de llamada, un acto de resistencia, por débil que fuese, para que el coche se detuviese!
—¿Y si Clementina ha mentido? Si la ha dicho que era solamente de mí de quien huían, pero que tú irías á buscarlas por la mañana ... Con la señorita Guichard, ¿entiendes? es posible todo. Es una vieja Eva sin Adán, que por distraerse en su paraíso vacío, se ha comido todas las manzanas y ha domesticado á la serpiente!
—Esperemos, pues.
—Paciente y cuerdamente. Piensa que tienes el porvenir delante de ti, ¡y qué porvenir! ¡Herminia sin la señorita Guichard! Porque, después de semejante barrabasada, estarás en tu derecho tomando precauciones, y la primera....
—Consistirá en separar á Herminia de ese monstruo de maldad.
—¡Ah! ¡Ah! dijo Roussel. Te ha llegado la vez. ¡Te hacías ilusiones sobre Clementina y no estabas lejos de acusarme de exageración! ¿Cómo la encuentras ahora tan deliciosa tía? Pues bien, amigo mío, ahí tienes la esposa que el difunto Guichard, ¡paz á sus cenizas! había soñado imponerme de por vida. ¿Comprendes que me haya defendido como un tigre? ¡El dichoso esposo de Clementina! Cuando pienso en esto me estremezco todavía.
Hablando y paseándose por el estudio y por el jardín, los dos hombres llegaron al medio día y se sentaron melancólicamente en el hermoso comedor. No era así como Mauricio había pensado almorzar aquella mañana. Roussel leía este pensamiento en su cara y estaba triste por su tristeza. El día se pasó más pronto de lo que hubieran creído; pero la velada, largamente prolongada, tanto temían uno y otro no dormir, les pareció interminable. Por la mañana, estaban de pie al despuntar la aurora. La impaciencia de Mauricio rayaba en el frenesí. Se paseaba á lo largo del estudio como una fiera en la jaula. Roussel, sentado en un sofá miraba sin hablar al joven: no hubiera sabido qué decirle, fuera de las vulgaridades agotadas hacía mucho tiempo. El correo llegó sin carta de Herminia. Y sin embargo, hubiera tenido tiempo de escribir si hubiera querido ó podido hacerlo. Era evidente que no había podido. En esto encontraba Roussel un gran campo de discusión y le aprovechaba, ocupando á Mauricio con sus razonamientos y forzándole á distraer su dolor en controversias. En resumen, sospechaban que la señorita Guichard había secuestrado á la señora de Aubry de un modo tanto más criminal cuanto que no tenía sobre la joven ni derechos naturales ni derechos adquiridos. Además la impedía que llenase sus deberes respecto de su marido habitando con él y donde á él le conviniera. Y Roussel citaba el código. En suma, si Mauricio quería, había allí materia para un gran proceso, y tomando un ilustre abogado, se podía poner á Clementina en una posición muy desagradable.
Llegaron así al almuerzo, que les reunió otra vez en el comedor, tristes y sin apetito. Hacia las dos, la sobrexcitación de Mauricio era tan aguda, que hablaba de marcharse á París, subir á casa de Bobart y cogerle por la garganta para obligarle á revelar los secretos de la señorita Guichard y decir dónde ocultaba á Herminia. Á las tres, mirando por la ventana hacia el camino, como si esperase ver á su mujer aparecer súbitamente y correr á él con los brazos abiertos, lanzó un grito: