—¡Ahí está Federico!
—Seguramente tiene noticias, puesto que vuelve.
Mauricio había bajado ya la escalera. Cogió al criado por el brazo, preguntándole, aturdiéndole y, sobre todo, impidiéndole hablar. Solamente en presencia de Roussel, encontró Federico su equilibrio. Se enjugó la frente y dijo:
—Ya sé lo que el señor deseaba averiguar.
—¡Buen Federico!
—Mauricio le estrechó en sus brazos.
—Si el señorito Mauricio quisiera no ahogarme, podría contarle lo que he sabido.
—Veamos; déjale hablar. Este muchacho....
Mauricio se sentó en el sofá; y Federico volvió á tomar la palabra.
—Desde ayer no he dejado la portería de la casa del señor Bobart. Francisco, que es mi amigo, me instaló en un rincón de su cuarto y allí he esperado los acontecimientos. Nada ocurría; ningún suceso, ninguna agitación. El señor Bobart se retiró ayer á las diez. Esta mañana no salió. La distribución del correo nada había indicado. Yo estaba consternado, cuando á medio día, en un montón de cartas, se encontró una para el señor Bobart. Examinado el timbre de salida, nos dió esta indicación: Clères (Sena Inferior).