El mulato se inclinó profundamente delante de su joven señora y avisó que la aguardaban para la merienda.—Además,—añadió,—el cielo se va oscureciendo demasiado y parece amenazar una tempestad.
Carlota levantó los ojos y viendo la exactitud de esta observación, mandó retirarse al esclavo diciéndole que no tardarían en volver a la casa. Mientras Sab regresaba a ella, internándose entre los árboles que formaban el paseo, volvióse hacia su amante y fijando en él una mirada suplicatoria:—Y bien,—le dijo,—¿vendrás pues a acompañarme a Cubitas?
—Vendré dentro de quince días: ¿no son lo mismo quince que ocho?
—¡Lo mismo!—repitió ella dando a sus bellos ojos una notable expresión de sorpresa.—¡Pues qué! ¿no hay siete días de diferencia? ¡Siete días, Enrique! Otros tantos he estado sin verte en esta primera separación y me han parecido una eternidad. ¿No has experimentado tú cuán triste cosa es ver salir el sol, un día y otro... sin que pueda disipar las tinieblas del corazón, sin traernos un rayo de esperanza... porque sabemos que no veremos con su luz el semblante adorado? Y luego, cuando llega la noche, cuando la naturaleza se adormece en medio de las sombras y las brisas, ¿no has sentido tu corazón inundarse de una ternura dulce, indefinible como el aroma de las flores?... ¿No has experimentado una necesidad de oir la voz querida en el silencio de la noche? ¿No te ha agobiado la ausencia, ese malestar continuo, ese vacío inmenso, esa agonía de un dolor que se reproduce bajo mil formas diversas, pero siempre punzante, inagotable, insufrible?
Una lágrima empañó los ojos de la apasionada criolla, y levantándose del tronco en que se hallaba sentada, entróse por entre los naranjos que formaban un bosquecillo hacia la derecha, como si sintiese la necesidad de dominar un exceso de sensibilidad que tanto le hacía sufrir.
Siguióla Enrique paso a paso, como si temiese dejar de verla, sin desear alcanzarla, y pintábase en su blanca frente y en sus ojos azules una expresión particular de duda e indecisión. Hubiérase dicho que dos opuestos sentimientos, dos poderes enemigos dividían su corazón. De repente detúvose, quedóse inmóvil mirando de lejos a Carlota, y escapóse de sus labios una palabra... pero una palabra que revelaba un pensamiento cuidadosamente disimulado hasta entonces. Espantado de su imprudencia, tendió la vista en derredor para cerciorarse de que estaba solo, y agitó al mismo tiempo su cuerpo un ligero estremecimiento. Era que dos ojos, como ascuas de fuego, habían brillado entre el verde oscuro de las hojas, flechando en él una mirada espantosa. Precipitóse hacia aquel paraje porque le importaba conocer al espía misterioso que acababa de sorprender su secreto, y era preciso castigarle u obligarle al silencio. Pero nada encontró. El espía sin duda se deslizó por entre los árboles, aprovechando el primer momento de sorpresa y turbación que su vista produjera.
Enrique se apresuró entonces, y logró reunirse a su querida, a tiempo que ésta atravesaba el umbral de la casa, en donde les esperaba don Carlos servida ya la merienda.
La noche se acercaba mientras tanto, pero no serena y hermosa como la anterior, sino que todo anunciaba ser una de aquellas noches de tempestad, que en el clima de Cuba ofrecen un carácter tan terrible.
Hacía un calor sofocante que ninguna brisa temperaba; la atmósfera cargada de electricidad pesaba sobre los cuerpos, como una capa de plomo; las nubes, tan bajas que se confundían con las sombras de los bosques, eran de un pardo oscuro con anchas bandas de color de fuego. Ninguna hoja se estremecía, ningún sonido interrumpía el silencio pavoroso de la naturaleza. Bandadas de auras[11] poblaban el aire, oscureciendo la luz rojiza del sol poniente; y los perros, baja y espeluznada la cola, abierta la boca y la lengua seca y encendida, se pegaban contra la tierra; adivinando por instinto el sacudimiento espantoso que iba a sufrir la naturaleza.
Estos síntomas de tempestad, conocidos de todos los cubanos, fueron un motivo más para instar a Otway dilatase su partida hasta el día siguiente por lo menos. Pero todo fué inútil y se manifestó resuelto a partir en el momento, antes que se declarase la tempestad. Dos esclavos recibieron la orden de traer su caballo, y don Carlos le ofreció a Sab para que le acompañase.