Estaba determinado con anterioridad que el mulato partiese al día siguiente a la ciudad a ciertos asuntos de su amo, y haciéndole anticipar algunas horas su salida, proporcionaba éste a su futuro yerno un compañero práctico en aquellos caminos. Agradeció Enrique esta atención y levantándose de la mesa, en la que acababan de servirles la merienda, según costumbre del país en aquella época, se acercó a Carlota que con los ojos fijos en el cielo parecía examinar con inquietud desde una ventana los anuncios de la tempestad, cada vez más próxima.
—Adiós, Carlota,—le dijo tomando con cariño una de sus manos,—no serán quince los días de nuestra separación, vendré para acompañarte a Cubitas.
—Sí,—contestó ella,—te espero, Enrique... pero, ¡Dios mío!—añadió estremeciéndose y volviendo a dirigir al cielo los hermosos ojos, que por un momento fijara en su amante.—Enrique, la noche será horrorosa... la tempestad no tardará en estallar... ¿por qué te obstinas en partir? Si tú no temes, hazlo por mí, por compasión de tu Carlota... Enrique, no te vayas.
El inglés observó un instante el firmamento y repitió la orden de traerle su caballo. No dejaba de conocer la proximidad de la tormenta, pero convenía a sus intereses comerciales hallarse aquella noche en Puerto Príncipe, y cuando mediaban consideraciones de esta clase, ni los rayos del cielo ni los ruegos de su amada podían hacerle vacilar; porque educado según las reglas de codicia y especulación, rodeado desde su infancia por una atmósfera mercantil, por decirlo así, era exacto y rígido en el cumplimiento de aquellos deberes que el interés de su comercio le imponía.
Dos relámpagos brillaron con cortísimo intervalo seguidos por la detonación de dos truenos espantosos, y una palidez mortal se extendió sobre el rostro de Carlota, que miró a su amante con indecible ansiedad. Don Carlos se acercó a ellos haciendo al joven mayores instancias para que difiriese su partida, y aun las niñas hermanas de Carlota se agruparon en torno suyo y abrazaban cariñosamente sus rodillas rogándole que no partiese. Un solo individuo de los que en aquel momento encerraba la sala permanecía indiferente a la tempestad, y a cuanto la rodeaba. Este individuo era Teresa que apoyada en el antepecho de una ventana, inmóvil e impasible, parecía sumergida en profunda distracción.
Cuando Enrique sustrayéndose a las instancias del dueño de la casa, a las importunidades de las niñas y a las mudas súplicas de su querida, se acercó a Teresa para decirla adiós, volvióse con un movimiento convulsivo hacia él, asustada con el sonido de su voz.
Enrique al tomarla la mano notó que estaba fría y temblorosa, y aun creyó percibir un leve suspiro ahogado con esfuerzo entre sus labios. Fijó en ella los ojos con alguna sorpresa, pero había vuelto a colocarse en su primera postura, y su rostro frío, y su mirada fija y seca, como la de un cadáver, no revelaban nada de cuanto entonces ocupaba su pensamiento y agitaba su alma.
Enrique montó a caballo; sólo aguardaba a Sab para partir, pero Sab estaba detenido por Carlota que llena de inquietud le recomendaba su amante.
—Sab,—le decía con penetrante acento,—si la tempestad es tan terrible como presagian estas negras nubes y esta calma espantosa, tú, que conoces a palmo este país, sabrás en donde refugiarte con Enrique. Porque, por solitarios que sean estos campos, no faltará un bohío[12] en que poneros al abrigo de la tormenta. ¡Sab!, yo te recomiendo mi Enrique.
Un relámpago más vivo que los anteriores, y casi al mismo tiempo el estampido de un trueno, arrancaron un débil grito a la tímida doncella, que por un movimiento involuntario cubrió sus ojos con ambas manos. Cuando los descubrió y tendió una mirada en derredor vió cerca de sí a sus hermanitas, agrupadas en silencio unas contra otras y temblando de miedo, mientras que Teresa permanecía de pie, tranquila y silenciosa, en la misma ventana en que había recibido la despedida de Enrique. Sab no estaba ya en la sala. Carlota se levantó de la butaca en que se había arrojado casi desmayada al estampido del trueno, e intentó correr al patio en que había visto a Enrique montar a caballo un momento antes, y en el cual le suponía aún, pero en el mismo instante oyó la voz de su padre que deseaba a los que partían un buen viaje, y el galope acompasado de dos caballos que se alejaban. Entonces volvió a sentarse lentamente y exclamó con dolorido acento.—¡Dios mío! ¿se padece tanto siempre que se ama? ¿Aman y padecen del mismo modo todos los corazones, o has depositado en el mío un germen más fecundo de afectos y dolores?... ¡Ah! ¡si no es general esta terrible facultad de amar y padecer, cuán cruel privilegio me has concedido!... porque es una desgracia, es una gran desgracia sentir de esta manera.