Era un recinto de poca extensión defendido del ardiente viento del sur por triples hileras de altas cañas de hermoso verde oscuro, conocidas en el país con el nombre de pitos, que batidas ligeramente por la brisa formaban un murmullo dulce y melancólico, como el de la ligera corriente de un arroyo. Era el jardín un cuadro perfecto, y los otros tres frentes los formaban arcos de juncos cubiertos por vistosos festones de cambustera y balsamina, cuyas flores carmíneas y doradas libaban zumbando los colibríes[13] brillantes como esmeraldas y topacios. Sab había reunido en aquel pequeño recinto todas las flores que más amaba Carlota. Allí lucían la astronomía, de pomposos ramilletes morados, la azucena y la rosa, la clavellina[14] y el jazmín, la modesta violeta y el orgulloso girasol enamorado del rey de los astros, la variable malvarrosa[15], la aleluya con sus flores nacaradas, y la pasionaria[16] ofreciendo en su cáliz maravilloso las sagradas insignias de la pasión del Redentor. En medio del jardín había un pequeño estanque en el que Sab había reunido varios pecesitos de vistosos colores, rodeándole de un banco de verdura sombreado por las anchas hojas de los plátanos.
Carlota recorría el jardín llenando de flores su blanco pañuelo de batista; de rato en rato interrumpía esta ocupación para perseguir las mariposas pintadas que revoloteaban sobre las flores. Luego sentábase fatigada a orillas del estanque; sus bellos ojos tomaban gradualmente una expresión pensativa, y distraídamente deshojaba las flores que con tanto placer había escogido, y las iba arrojando en el estanque.
Una vez sacóla de su distracción un leve rumor que le pareció producido por las pisadas de alguno que se acercaba. Creyó que despertando Teresa y advirtiendo su ausencia vendría buscándola, y la llamó repetidas veces. Nadie respondió y Carlota volvió a caer insensiblemente en su distracción. No fué larga sin embargo; la más linda y blanca de las mariposas que había visto hasta entonces llegó atrevidamente a posarse en su falda, alejándose después con provocativo vuelo. Carlota sacudió la cabeza como para lanzar de ella un pensamiento importuno, siguió con la vista la mariposa y vióla posar sobre un jazmín cuya blancura superaba. Entonces se levantó la joven y se precipitó sobre ella, pero el ligero insecto burló su diestro ataque, saliéndose por entre sus hermosos dedos, y alejándose veloz y parándose a trechos provocó largo tiempo a su perseguidora cuyos deseos burlaba en el momento de creerlos realizados. Sintiéndose fatigada, redobla Carlota sus esfuerzos, acosa a su ligera enemiga, persíguela con tenacidad, y arrojando sobre ella su pañuelo logra por fin cogerla. Su rostro se embellece con la expresión del triunfo, y mira a la prisionera por una abertura del pañuelo con la alegría de un niño; pero inconstante como él, cesa de repente de complacerse en la desgracia de su cautiva: abre el pañuelo y se regocija con verla volar libre, tanto como un minuto antes se gozara en aprisionarla.
Al verla tan joven, tan pueril, tan hermosa, no sospecharían los hombres inflexivos que el corazón que palpitaba de placer en aquel pecho por la prisión y la libertad de una mariposa, fuese capaz de pasiones tan vehementes como profundas. ¡Ah! ignoran ellos que conviene a las almas superiores descender de tiempo en tiempo de su elevada región: que necesitan pequeñeces aquellos espíritus inmensos a quienes no satisface todo lo más grande que el mundo y la vida pueden presentarles. Si se hacen frívolos y ligeros por intervalos, es porque sienten la necesidad de respetar sus grandes facultades y temen ser devorados por ellas.
Así el torrente tiende mansamente sus aguas sobre las yerbas del prado, y acaricia las flores que en su impetuosa creciente puede destruir y arrasar en un momento.
Carlota fué interrumpida en sus inocentes distracciones por el bullicio de los esclavos que iban a sus trabajos. Llamóles a todos, preguntándoles sus nombres uno por uno, e informándose con hechicera bondad de su situación particular, oficio y estado. Encantados los negros respondían colmándola de bendiciones y celebrando la humanidad de don Carlos y el celo y benignidad de su mayoral Sab. Carlota se complacía escuchándoles, y repartió entre ellos todo el dinero que llevaba en sus bolsillos con expresiones de compasión y afecto. Los esclavos se alejaron bendiciéndola y ella les siguió algún tiempo con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Pobres infelices!—exclamó.—Se juzgan afortunados porque no se les prodigan palos e injurias, y comen tranquilamente el pan de la esclavitud. Se juzgan afortunados y son esclavos sus hijos antes de salir del vientre de sus madres, y los ven vender luego como a bestias irracionales... ¡A sus hijos, carne y sangre suya! Cuando yo sea la esposa de Enrique,—añadió después de un momento de silencio,—ningún infeliz respirará a mi lado el aire emponzoñado de la esclavitud. Daremos libertad a todos nuestros negros. ¿Qué importa ser menos ricos? ¿Seremos por eso menos dichosos? Una choza con Enrique es bastante para mí, y para él no habrá riqueza preferible a mi gratitud y mi amor.
Al concluir estas palabras estremeciéronse los pitos, como si una mano robusta los hubiese sacudido y Carlota asustada salió del jardín y se encaminó precipitadamente hacia la casa.
Tocaba ya en el umbral de ella cuando oyó a su espalda una voz conocida que la daba los buenos días; volvióse y vió a Sab.—Te suponía ya andando para la ciudad,—le dijo ella.
—Me ha parecido,—respondió el joven con alguna turbación,—que debía aguardar que se levantase su merced para preguntarla si tenía algo que ordenarme.