—Yo te lo agradezco Sab, y voy ahora mismo a escribir a Enrique; vendré a darte mi carta dentro de un instante.
Entróse Carlota en la casa, en la que dormían profundamente su padre, sus hermanitas y Teresa, y Sab la vió ocultarse a su vista exclamando con hondo y melancólico acento:
—¡Por qué no puedes realizar tus sueños de inocencia y de entusiasmo ángel del cielo!... ¿Por qué el que te puso sobre esta tierra de miseria y crimen no dió a ese hermoso extranjero el alma del mulato?
Inclinóse su frente con profundo dolor y permaneció un rato abismado en triste meditación. Luego se dirigió a la cuadra en que estaban su jaco negro y el hermoso alazán de Enrique. Puso su mano sobre el lomo del primero mirándole con ojos enternecidos.
—Leal y pacífico animal,—le dijo,—tú soportas con mansedumbre el peso de este cuerpo miserable. Ni las tempestades del cielo te asustan y te impulsan a sacudirle contra las peñas. Tú respetas tu inútil carga mientras ese hermoso animal sacude la suya, y arroja y pisotea al hombre feliz, cuya vida es querida, cuya muerte sería llorada, ¡Pobre jaco mío! si fueses capaz de comprensión como lo eres de afecto, conocerías cuánto bien me hubieras hecho estrellándome contra las peñas al bramido de la tempestad. Mi muerte no costaría lágrimas..., ningún vacío dejaría en la tierra el pobre mulato, y correrías libre por los campos o llevarías una carga más noble.
El caballo levantaba la cabeza y le miraba como si quisiera comprenderle. Luego le lamía las manos y parecía decirle con aquellas caricias:—Te amo mucho para poder complacerte: de ninguna otra mano que la tuya recibo con gusto el sustento.
Sab recibía sus caricias con visible conmoción y comenzó a enjaezarlo diciéndole con voz por instantes más triste:
—Tú eres el único sér en la tierra que quiera acariciar estas manos tostadas y ásperas; tú el único que no se avergüenza de amarme; lo mismo que yo naciste condenado a la servidumbre..., pero, ¡ay! ¡tu suerte es más dichosa que la mía!, pobre animal; menos cruel contigo el destino, no te ha dado el funesto privilegio del pensamiento. Nada te grita en tu interior que merecías más noble suerte, y sufres la tuya con resignación.
La dulce voz de Carlota le arrancó de sus sombrías ideas. Recibió la carta que le presentó la doncella, despidióse de ella respetuosamente y partió en su jaco llevando del cabestro el alazán de Enrique.
Ya se había levantado toda la familia y Carlota se presentó para el desayuno. Nunca había estado tan hermosa y amable; su alegría puso de buen humor a todos, y la misma Teresa parecía menos fría y displicente que de costumbre. Así se pasó aquel día en agradables conversaciones y cortos paseos, y así transcurrieron otros que duró la ausencia de Enrique.