Carlota empleaba una gran parte de ellos gozando anticipadamente con el pensamiento la satisfacción de hacer una divertida viajata con su amante. ¡Tal es el amor! anhela un ilimitado porvenir, pero no desprecia ni el momento más corto. Esperaba Carlota toda una vida de amor, y se embelesaba a la proximidad de algunos días, como si fuesen los únicos en que debiera gozar la presencia de su amante.
Presentía el placer de viajar por un país pintoresco y magnífico con el objeto de su elección, y a la verdad nada es más grato a un corazón que sabe amar que el viajar de este modo. La naturaleza se embellece con la presencia del objeto que se ama y éste se embellece con la naturaleza. Hay no sé qué mágica armonía entre la voz querida, el susurro de los árboles, la corriente de los arroyos y el murmullo de la brisa. En la agitación del viaje todo pasa por delante de nuestra vista como los paisajes de un panorama, pero el objeto amado está siempre allí, y en sus miradas y en su sonrisa volvemos a hallar las emociones deliciosas que produjeran en nuestro corazón los cuadros variados que van desapareciendo.
Aquel que quiera experimentar en toda su plenitud estas emociones indescribibles, viaje por los campos de Cuba con la persona querida. Atraviese con ella sus montes gigantescos, sus inmensas sabanas, sus pintorescas praderías; suba en sus empinados cerros, cubiertos de rica e inmarchitable verdura; escuche en la soledad de sus bosques el ruido de sus arroyos y el canto de sus sinsontes. Entonces sentirá aquella vida poderosa, inmensa, que no conocieron jamás los que habitan bajo el nebuloso cielo del Norte; entonces habrá gozado en algunas horas toda una existencia de emociones... pero que no intente encontrarla después en el cielo y en la tierra de otros países. No serán ya para él ni cielo ni tierra.
CAPITULO VII
...Lo que quiere
son talegos y no trastos.
lo primero los doblones.
Cañizares.
Ocho días después de aquel en que partió Enrique de Bellavista, a las diez de la mañana de un día caluroso se desayunaban amigablemente en un aposento bajo de una gran casa, situada en una de las mejores calles de Puerto Príncipe, Enrique Otway y su padre.
El joven tenía aún en el rostro varias manchas moradas de las contusiones que recibiera en la caída, y en la frente la señal reciente de una herida apenas cerrada. Sin embargo, en la negligencia y desaliño a que le obligaba el calor, su figura parecía más bella e interesante. Una camisa de transparente batista velaba apenas su blanquísima espalda, y dejaba enteramente descubierta una garganta que parecía vaciada en un bello molde griego, en torno de la cual flotaban los bucles de sus cabellos, rubios como el oro.
Frente por frente de tan graciosa figura veíase la grosera y repugnante del viejo buhonero; la cabeza calva sembrada a trechos hacia atrás por algunos mechones de cabellos rojos matizados de blanco, las mejillas de un encarnado subido, los ojos hundidos, la frente surcada de arrugas, los labios sutiles y apretados, la barba puntiaguda y envuelto su cuerpo alto y enjuto en una bata blanca y almidonada.
Mientras Enrique desocupaba con buen apetito un ancho pocillo de chocolate, el viejo tenía fijos en él los cavernosos ojos, y con voz hueca y cascarrona le decía:
—No me queda duda, Carlota de B... aun después de heredar a su padre, no poseerá más que una módica fortuna; y luego en fincas deterioradas, perdidas!... Bah, bah, estos malditos isleños saben mejor aparentar riquezas que adquirirlas o conservarlas. Pero en fin, no faltan en el país buenos caudales; y no, no te casarás con Carlota de B... mientras haya otras varias en que escoger, tan buenas y más ricas que ella. ¿Dudas tú que cualquiera de estas criollas, la más encopetada, se dará por muy contenta contigo? Ja, ja, de eso respondo yo. Gracias al cielo y a mi prudencia, nuestro mal estado no es generalmente conocido, y en este país nuevo la llamada nobleza no conoce todavía las rancias preocupaciones de nuestra vieja aristocracia europea. Si don Carlos de B... hizo algunos melindres, ya ves que tuvo a bien tomar luego otra marcha. Yo te fío que te casarás con quien se te antoje.