El viejo hizo una mueca que parodiaba una sonrisa, y añadió en seguida frotándose las manos y abriendo cuanto le era posible sus ojos brillantes con la avaricia.—¡Oh! ¡y si se realizase mi sueño de anoche!... Tú, Enrique, te burlas de los sueños, pero el mío es notable, verosímil, profético... ¡Soñar que era mía la gran lotería! ¡Cuarenta mil duros en oro y plata! ¿Sabes tú que es una fortuna? ¡Cuarenta mil duros a un comerciante decaído!... Es un bocado sin hueso, como dicen en el país. El correo de la Habana debía llegar anoche, pero ese maldito correo parece que se retarda de intento para prolongar la agonía de esta espectativa.
Y, en efecto, pintábase en el semblante del viejo una extremada ansiedad.
—Si habéis de ver burlada vuestra esperanza,—dijo el joven,—cuanto más tarde será mejor. Pero en fin, si sacabais el lote bastaría a restablecer nuestra casa y yo podría casarme con Carlota.
—¡Casarte con Carlota!—exclamó Jorge poniendo sobre la mesa un pocillo de chocolate que acercaba a sus labios, y que dejara sin probarle al oir la conclusión desagradable del discurso de su hijo.—¡Casarte con Carlota cuando tuvieras cuarenta mil duros más! ¡Cuando fueras partido para la más rica del país! ¿Has podido pensarlo, insensato? ¿Qué hechizos te ha dado esa mujer para trastornar así tu juicio?
—¡Es tan bella!—repuso el joven, no sin alguna timidez.—¡Es tan buena! ¡Su corazón tan tierno! ¡Su talento tan seductor!...
—¡Bah! ¡Bah!—interrumpió Jorge con impaciencia,—¿y qué hace de todo eso un marido? Un comerciante, Enrique, ya te lo he dicho cien veces, se casa con una mujer lo mismo que se asocia con un compañero, por especulación, por conveniencia. La hermosura, el talento que un hombre de nuestra clase busca en la mujer con quien ha de casarse, son la riqueza y la economía. ¡Qué linda adquisición ibas a hacer en tu bella melindrosa, arruinada y acostumbrada al lujo de la opulencia! El matrimonio, Enrique, es...
El viejo iba a continuar desenvolviendo sus teorías mercantiles sobre el matrimonio cuando fué interrumpido por un fuerte golpe dado con el aldabón de la puerta; y la voz conocida de uno de sus esclavos gritó por dos veces:—El correo; están aquí las cartas del correo.—Jorge Otway se levantó con tal ímpetu, que vertió el chocolate sobre la mesa y echó a rodar la silla, corriendo a abrir la puerta y arrebatando con mano trémula las cartas que el negro le presentaba haciendo reverencias. Tres abrió sucesivamente y las arrojó con enfado diciendo entre dientes:—Son de negocios.—Por último rompe un sobre y ve lo que busca: el diario de la Habana que contiene la relación de los números premiados. Pero el exceso de su agitación no le permite leer aquellas líneas que deben realizar o destruir sus esperanzas, y alargando el papel a su hijo.—Toma,—le dice,—léelo tú; mis billetes son tres: números 1,750, 3,908 et 8,004. Lee pronto, el premio mayor es el que quiero saber; los cuarenta mil duros; acaba.
—El premio mayor ha caído en Puerto Príncipe,—exclamó el joven con alegría.
—¡En Puerto Príncipe! ¡Veamos!... ¡El número, Enrique, el número!—Y el viejo apenas respiraba.
Pero la puerta, que había dejado abierta, da paso en el mismo momento a la figura de un mulato, harto conocido ya de nuestros lectores, y Sab, que no sospecha lo intempestivo de su llegada, se adelanta con el sombrero en la mano.