En 1844, ya perfeccionado su gusto y su estilo gracias a los benéficos consejos de don Juan Gallego, el ilustre traductor de Manzoni, publicó Alfonso Munio, tragedia de estilo clásico, imitada de Byron, y también Saúl, según Durieu «uno de los más atrevidos y felices rasgos de ingenio del teatro español.»

Tras otras varias, dió a luz Baltazar, tragedia de argumento bíblico, que algunos críticos estiman como su obra maestra, bien que no se desprende en ella la autora de la influencia del soldado de Missolonghi; no obstante el corte clásico del drama, se notan en él ciertos caracteres románticos a través del estilo y la tendencia.

Publicó, por último, varias novelas, a las cuales la crítica las juzga, con motivo, la parte más débil de su actividad literaria, a pesar del aplauso que le prodigaron sus contemporáneos.

En sus célebres sonetos A Washington, Al Sol, y Al Partir, escrito en 1836, cuando por primera vez se alejaba de la perla de las Antillas, se descubre el carácter vigoroso, la energía intensa de doña Gertrudis que, según su biógrafo don Manuel de la Cruz, «no sintió nunca afectos dulces o apacibles.»

Finalizamos, pues, nuestro modesto juicio, y sin rayar en las exageraciones de aquellos que, en su sed de ensalzar lo grande ya de por sí, hacen a la Avellaneda superior a Hugo, a Goldsmith, a Meléndez, a Tíbulo, a Racine y a Corneille, nos vemos en la necesidad de considerarla mujer incomparable y poetisa de alto vuelo, que perdurará mientras perdure la lengua castellana, y mientras haya amantes de lo bello, de lo grande y de lo extraordinario.


Tal cosa escribimos, niños casi, en una revista destinada a difundir entre los compañeros de aula el conocimiento de la literatura hispanoamericana; de la literatura que Rodó, catedrático en esa época, nos enseñaba a amar en los claustros de la Universidad de Montevideo. Era en tiempos en que nos placía repetir con el poeta de Los Novios: «Poco noto ad altrui, poco a me stesso—gli uomini e gli anni me diran chi sono.»

Con algo más de experiencia y con algunas canas prematuras plateando nuestra frente, no nos desdecimos de lo que antecede, pero sí aprovechamos la ocasión para divulgar en el continente colombino la parte menos conocida de la obra de una mujer que seguimos considerando extraordinaria hija de Cuba; de Cuba, que nunca olvidó y a cuyo príncipe de los poetas a la par que gran patriota dedicara sentida elegía; de Cuba, a la que más de una vez se refiriera, cuando hablaba del «amargo adiós postrero que al suelo damos donde el sol primero alimentó nuestra vida.» Acaso por eso y como resarcimiento de afirmaciones semi infantiles, engalanamos hoy nuestra biblioteca con una novela de la Avellaneda, no de las más populares aunque de las mejores en su género, en un período histórico en el que Doña Gertrudis ocupó con brillo un lugar entre los literatos de su lengua.

SAB es novela cubana, y debe interesarnos más que Dolores, que El artista barquero o que Espatolino. Indígena es Sab, mulato esclavo, más nuestro que los personajes de las tres obras citadas, cuyos episodios pasan, sin embargo, en tres países latinos cual son España, Francia e Italia. SAB, la primera novela de nuestra autora, es también más indoamericana que Guatimotzín y que El cacique de Turmequé, otras dos novelas de aquélla inspiradas en temas de Hispanoamérica. Pretendemos descubrir en SAB menos ingenuidades, menos inverosimilitudes que en El artista barquero, por ejemplo, libro en el que la Avellaneda nos recuerda por momentos a Dumas, y en el que se nos antoja algo así como la precursora de los hacedores de novelas de aventuras, de los novelones para cines con los que se llenan hoy columnas enteras de los periódicos de ambos mundos. Escapa, acaso, a esa objeción el segundo tomo de Dos mujeres.

Aunque admiradora de Madame de Staël, a la que creía parecerse, y de Walter Scott, que hizo entrar su romanticismo dentro del género histórico entonces en boga, la Avellaneda gustaba pintar seres de excepción aunque de existencia posible, a la manera de un dramaturgo francés actual de los que más nos atraen. A uno de esos seres, a Sab, lo hace nacer cubano, contemporáneo suyo, por lo que el libro que nos lo pinta resulta uno de aquellos que ocupan un lugar intermedio entre la novela histórica y la de costumbres.