—¡Carlota!—la dijo una vez,—un amor como el tuyo es un bien tan alto que temo no merecerlo. Mi alma acaso no es bastante grande para encerrar el amor que te debo. Y apretaba la mano de la joven sobre su corazón, que latía con un sentimiento tan vivo y tan puro, que acaso aquel momento en que se decía indigno de su dicha fué uno de los pocos de su vida en que supo merecerla.

Hay en los afectos de las almas ardientes y apasionadas como una fuerza magnética, que conmueve y domina todo cuanto se les acerca. Así un alma vulgar se siente a veces elevada sobre sí misma, a la altura de aquella con quien está en contacto, por decirlo así, y sólo cuando vuelve a caer, cuando se halla sola y en su propio lugar, puede conocer que era extraño el impulso que la movía y prestada la fuerza que la animaba.

El señor de B... llegó a interrumpir a los dos amantes.

—Creo,—dijo sentándose junto a ellos—que no habréis olvidado nuestro proyectado paseo a Cubitas. ¿Cuándo queréis que partamos?

—Lo más pronto posible,—dijo Otway.

—Esta misma tarde será,—repuso don Carlos,—y voy a prevenir a Teresa y a Sab para que se disponga todo lo necesario a la partida, pues veo,—añadió besando en la frente a su hija,—que mi Carlota está demasiado preocupada para atender a ello.

Marchóse en seguida y las niñas, regocijadas con la proximidad de la viajata, le siguieron saltando.

—Estaré contigo dos o tres días en Cubitas,—dijo Enrique a su amada,—me es forzoso marchar luego a Guanaja.

—Apenas gozo el placer de verte,—respondió ella con dulcísima voz,—cuando ya me anuncias otra nueva ausencia. Sin embargo, Enrique, soy tan feliz en este instante que no puedo quejarme.

—Pronto llegará el día,—repuso él,—en que nos uniremos para no separarnos más.