Y al decirlo preguntábase interiormente si llegaría en efecto aquel día, y si le sería imposible renunciar a la dicha de poseer a Carlota. Miróla y nunca le había parecido tan hermosa. Agitado, y descontento de sí mismo, levantóse y comenzó a pasearse por la sala, procurando disimular su turbación. No dejó, sin embargo, de notarla Carlota y preguntábale la causa con tímidas miradas. ¡Oh si la hubiera penetrado en aquel momento!... Era preciso que muriese o que cesase de amarle.
Enrique evitaba encontrar los ojos de la doncella, y se había reclinado lejos de ella en el antepecho de una ventana. Carlota se sintió herida de aquella repentina mudanza, y su orgullo de mujer sugirióle en el instante aparentar indiferencia a una conducta tan extraña. Estaba junto a ella su guitarra, tomóla y ensayó cantar. La agitación hacía flaquear su voz, pero hízose por un momento superior a ella y sin elección, a la casualidad, cantó estas estrofas, que estaba muy lejos de sospechar pudiesen ser aplicables a la situación de ambos:
Es Nice joven y amable
y su tierno corazón
un afecto inalterable
consagra al bello Damón.
Otro tiempo su ternura
pagaba ufano el pastor;
mas ¡ay! que nueva hermosura
le ofrece otro nuevo amor.
Y es Nice pobre zagala
y es Laura rica beldad,
que si en amor no la iguala
la supera en calidad.
Satisface Laura de oro
de su amante la ambición;
Nice le dá por tesoro
su sensible corazón.
Cede el zagal fascinado
de la riqueza al poder,
y ante Laura prosternado
le mira Nice caer.
Al verse sacrificada,
por el ingrato pastor,
la doncella desgraciada
maldice al infausto amor.
No ve que dura venganza
toma del amante infiel,
y en su cáliz de esperanza
mezcla del dolor la hiel.
Tardío arrepentimiento
ya envenena su existir,
y cual señor opulento
comienza el tedio a sentir.
Entre pesares y enojos
vive rico y sin solaz:
huye el sueño de sus ojos
y pierde su alma la paz.
Recuerda su Nice amada
y suspira de dolor;
y en voz profunda y airada
así le dice el amor:
«Los agravios que me hacen
los hombres lloran un día,
y así sólo satisfacen,
Damón, la venganza mía.
Que yo doy mayor contento,
en pobre y humilde hogar,
que con tesoros sin cuento,
puedes ¡insano! gozar»
Terminó la joven su canción, y aun pensaba escucharla Enrique. Carlota acababa de responder en alta voz a sus secretas dudas, a sus ocultos pensamientos. ¿Habíalos por ventura adivinado? ¿Era tal vez el cielo mismo quien le hablaba por la boca de aquella tierna hermosura?
Un impulso involuntario y poderoso le hizo caer a sus pies y ya abría los labios, acaso para jurarla que sería preferida a todos los tesoros de la tierra, cuando apareció nuevamente don Carlos; seguíale Sab, mas se detuvo por respeto en el umbral de la puerta, mientras Enrique se levantaba confuso de las plantas de su querida, avergonzado ya del impulso desconocido de generosa ternura que por un momento le había subyugado. También las mejillas de Carlota se tiñeron de púrpura, pero traslucíase al través de su embarazo la secreta satisfacción de su alma; pues si bien Enrique no había hablado una sola palabra al arrojarse a sus pies, ella había leído en sus ojos, con la admirable perspicacia de su sexo, que nunca había sido tan amada como en aquel momento.
Don Carlos dirigió algunas chanzas a los dos amantes, mas notando que aumentaba su turbación, apresuróse a variar de objeto.
—Aquí tenéis a Sab,—les dijo,—señalad la hora de la partida, pues él es el encargado de todas las disposiciones del viaje, y como práctico en estos caminos sera nuestro guía.
El mulato se acercó entonces, y don Carlos, sentándose entre Carlota y Enrique, prosiguió dirigiéndose a éste:
—Hace diez años que no he estado en Cubitas, y aun antes de esta época visité muy pocas veces las estancias que tengo allí. Estaban casi abandonadas, pero desde que Sab vino a Bellavista, sus frecuentes visitas a Cubitas les han sido de mucha utilidad, según estoy informado; y creo que las hallaré en mejor estado que cuando las vi la última vez.
Sab manifestó que dichas estancias estaban todavía muy distantes del grado de mejora y utilidad a que podían llegar con más esmerado cultivo, y preguntó la hora de la partida.