Carlota señaló las cinco de la tarde, hora en que la brisa comienza a refrescar la atmósfera y hace menos sensible el calor de la estación, y Sab se retiró.
—Es un excelente mozo,—dijo don Carlos,—y su celo y actividad han sido muy útiles a esta finca. Su talento natural es despejadísimo y tiene para todo aquello a que se dedica admirables disposiciones; le quiero mucho y ya hace tiempo que fuera libre si lo hubiese deseado. Pero ahora es fuerza que lo sea y que anticipe yo mis resoluciones, pues así lo quiere mi Carlota. Ya he escrito con este objeto a mi apoderado en Puerto Príncipe y tú mismo, Enrique, a tu regreso te verás con él y entregarás con tus manos a nuestro buen Sab su carta de libertad.
Enrique hizo con la cabeza un movimiento de aprobación, y Carlota besando la mano de su padre, exclamó con vehemencia:
—¡Sí, que sea libre!... Ha sido el compañero de mi infancia y mi primer amigo... es,—añadió con mayor ternura,—el que te prodigó sus cuidados la noche de tu caída, Enrique, y quien, como un ángel de consuelo, vino a volver la paz a mi corazón sobresaltado.
Teresa entró en la sala en aquel momento; la comida se sirvió inmediatamente y ya no se trató más que de la partida.
CAPITULO IX
¿Do fué la raza candorosa y pura
que las Antillas habitó?—La hiere
del vencedor el hierro furibundo,
tiembla, gime, perece,
y como niebla al sol desaparece.
Heredia.
Un viaje es a la infancia origen del más inquieto placer y de la más exaltada alegría. El movimiento y la variedad son necesidades imperiosas en aquella edad en la que libre todavía el alma de pasiones agitadoras, pero sintiendo el desarrollo de su actividad naciente sin un objeto en que emplearla, lánzale, por decirlo así, a lo exterior; buscando en la novedad y en el bullicio un desahogo a la febril vivacidad que le agita.
Las cuatro hermosas niñas, hermanas de Carlota, apenas apareció Sab con los carruajes y caballerías dispuestos para la partida, lo rodearon haciéndole mil caricias con las que manifestaban su regocijo. El mulato correspondía a sus infantiles halagos con melancólica sonrisa.
—Así,—pensaba él,—así saltaba a mi cuello Carlota hace diez años cuando me veía después de una corta ausencia. Así sus labios de rosa estampaban alguna vez en mi frente un beso fraternal, y su lindo rostro de alabastro se inclinaba sobre mi rostro moreno; como la blanca cavellina que se dobla sobre la parda peña del arroyo.