—Basta, Sab, basta,—interrumpió don Carlos con cierto disgusto; porque siempre alarmados los cubanos, después del espantoso y reciente ejemplo de una isla vecina, no oían sin terror en la boca de un hombre del desgraciado color cualquiera palabra que manifestase el sentimiento de sus degradados derechos y la posibilidad de reconquistarlos. Pero Carlota, que había atendido menos a los pronósticos de la vieja que a la relación lamentable de la muerte del cacique, volvió hacia Enrique sus bellos ojos llenos de lágrimas.

—Jamás he podido,—dijo,—leer tranquilamente la historia sangrienta de la conquista de América. ¡Dios mío, cuántos horrores! Paréceme empero increíble que puedan los hombres llegar a tales extremos de barbarie. Sin duda se exagera porque la naturaleza humana no puede, es imposible, ser tan monstruosa.

El mulato la miraba con indescribible expresión. Enrique se burló de sus lágrimas.

—Eres una niña, querida mía,—la dijo,—¿lloras ahora, por la relación de una vieja loca, la muerte de un sér que acaso no existió nunca sino en la imaginación de Martina?

—No; Enrique,—respondió con tristeza la doncella,—no lloro por Camagüey, que ni sé si existió realmente; lloro sí al recordar una raza desventurada que habitó la tierra que habitamos, que vió por primera vez el mismo sol que alumbró nuestra cuna, y que ha desaparecido de esta tierra de la que fué pacífica poseedora. Aquí vivían felices e inocentes aquellos hijos de la naturaleza; este suelo virgen no necesitaba ser regado con el sudor de los esclavos para producirles: ofrecíales por todas partes sombras y frutos, aguas y flores, y sus entrañas no habían sido despedazadas para arrancarle con mano avara sus escondidos tesoros. ¡Oh Enrique! lloro no haber nacido entonces y que tú, indio como yo, me hicieses una cabaña de palmas en donde gozásemos una vida de amor, de inocencia y de libertad.

Enrique se sonrió del entusiasmo de su querida haciéndola una caricia; el mulato apartó de ella sus ojos preñados de lágrimas.

—¡Ah! ¡sí! pensó él:—no serías menos hermosa si tuvieras la tez negra o cobriza. ¿Por qué no lo ha querido el cielo, Carlota? Tú, que comprendes la vida y la felicidad de los salvajes, ¿por qué no naciste conmigo en los abrasados desiertos del Africa o en un confín desconocido de la América?

El señor de B... le arrancó de estos pensamientos dirigiéndole algunas preguntas respecto a Martina.—¿Vive todavía?—le dijo.

—Sí, señor, vive a pesar de haber experimentado en estos últimos años dolorosos infortunios.

—¿Qué le ha sucedido, pues?—replicó con interés el caballero.