—Su nuera murió hace tres años, y diez meses después dos de sus nietecitos. Un incendio consumió su casa, hace un año, y la dejó reducida a mayor miseria que aquella de que la sacara la bondad de su merced. Hoy día vive en una pequeña choza, cerca de las cuevas, con el único nieto que le queda, que es un niño de seis años al cual ama tanto más cuanto que el pobre chico está enfermo, y no promete una larga vida.
—La veremos,—dijo don Carlos,—y la dejaremos instalada en una de mis estancias. ¡Pobre mujer! aunque extravagante es muy buena.
—¡Ah! ¡sí.... muy buena!—exclamó con emoción el mulato, y animando con un grito a su caballo, se adelantó a prevenir la llegada de sus amos al mayoral de la estancia donde iban a desmontar.
Eran las nueve de la noche cuando los viajeros entraron en Cubitas. La casa elegida para su domicilio, si bien de mezquina apariencia, era grande en lo interior, y el mayoral y su mujer procuraron a los recién llegados todas las comodidades posibles. La cena que se les sirvió fué parca y frugal, pero la alegría y el apetito la hicieron parecer deliciosa. Nunca don Carlos había estado tan jovial, ni Carlota tan risueña ni amable. La misma Teresa parecía menos displicente que de costumbre, y Enrique estaba encantado.
Cuando llegó la hora de recogerse a descansar,—Amigo mío,—le dijo Carlota deteniéndose en el umbral del cuartito señalado para su dormitorio, y al cual él la conducía por la mano:—¡cuán fácilmente pueden ser dichosos dos amantes tiernos y apasionados! En esta pobre aldea, en esta miserable casa, con una hamaca por lecho, y un plantío de yucas por riqueza, yo sería dichosa contigo, y nada vería digno de mi ambición en lo restante del universo. Y tú ¿pudieras tampoco desear más?
Enrique por única contestación besó con ardor su hermosa mano, y ella atravesó el umbral sonriéndole con ternura. Dióle las buenas noches y cerró lentamente la puerta, que tornó a abrir para repetirle:—Buenas noches,—con una mirada inefable. Por fin la puerta se cerró enteramente y Enrique, inmóvil y pensativo, quedó un momento como si aguardase que volviese a abrirse aún otra vez. Luego sacudió la cabeza y murmuró en voz baja:—¡No hay remedio! esta mujer será capaz de volverme loco y hacerme creer que no son necesarias las riquezas para ser feliz.
—Señor, aguardo a su merced para conducirle a su dormitorio,—dijo una voz conocida, a la espalda de Enrique. Volvióse éste y vió a Sab.
—¿Cuál es pues mi cuarto?—preguntó con cierta turbación.
—Ese de la izquierda.
Enrique se entró en él precipitadamente y Sab le siguió hasta la puerta, a la cual se detuvo dándole las buenas noches.