Una hora después todos dormían en la casa; sólo se veía un bulto inmóvil junto a la puerta de la habitación de la señorita de B..., pero al menor ruido que en el silencio de la noche se percibía en la casa, aquel bulto se movía, se elevaba y salía de él una respiración agitada y fuerte; entonces podía conocerse que aquel bulto era un hombre.
Una vez, hacia la madrugada, oyóse un ligero rumor acompasado, que parecía producido por las pisadas cautelosas de alguno que se acercaba. El bulto se estremeció profundamente y brilló en la oscuridad la hoja de un ancho machete. Los pasos parecían cada vez más próximos. El bulto habló en voz baja pero terrible:—¡Miserable! no lograrás tus inicuos deseos.—Un prolongado ladrido respondió a esta amenaza. Los pasos que se habían oído eran los de un perro de la casa.
El machete cesó de brillar y el bulto volvió a quedar inmóvil en su sitio; solamente el perro repitió por dos veces su ladrido, pero como acercándose más hubo de conocer olfateando a aquel cuya voz le había alarmado, calló también luego y todo quedó sumergido en profundo silencio.
CAPITULO X
...La mezcla de extravagancia y de
entusiasmo que reinaba en sus discursos
rara vez dejaba de producir la más
viva impresión en aquellos que la
escuchaban. Sus palabras, con frecuencia
entrecortadas, eran empero demasiado
claras e inteligibles para que
pudiese sospechársele en un verdadero
estado de locura.
Walter Scott.
Guy Maunering.
Las cuevas de Cubitas son ciertamente una obra admirable de la naturaleza, que muchos viajeros han visitado con curiosidad e interés, y que los naturales del país admiran con una especie de fanatismo. Tres son las principales, conocidas con los nombres de Cueva grande o de los negros cimarrones, María Teresa, y Cayetano. La primera está bajo la gran loma de Toabaquei y consta de varias salas, cada una de las cuales se distingue con su denominación particular, y comunicadas todas entre sí por pasadizos estrechos y escabrosos. Son notables entre estas salas la de La Bóveda por su capacidad, y la del Horno cuya entrada es una tronera a flor de tierra por la que no se puede pasar sino muy trabajosamente y casi arrastrándose contra el suelo. Sin embargo, es de las más notables salas de aquel vasto subterráneo y las incomodidades que se experimentan, al penetrar en ella, son ventajosamente compensadas con el placer de admirar las bellezas que contiene. Deslúmbrase el viajero que al levantar los ojos, en aquel reducido y tenebroso recinto, ve brillar sobre su cabeza un rico dosel de plata sembrado de zafiros y brillantes, que tal parece en la oscuridad de la gruta el techo singular que la cubre. Empero, pocos minutos pueden gozarse impunemente de aquel bello capricho de la naturaleza, pues la falta de aire obliga a los visitadores de la gruta a arrojarse fuera, temiendo ser sofocados por el calor excesivo que hay en ella. El alabastro no supera en blancura y belleza a las piedras admírales de que aquellas grutas, por decirlo así, se hallan entapizadas. El agua, filtrando por innumerables e imperceptibles grietas, ha formado bellísimas figuras al petrificarse. Aquí una larga hilera de columnas parecen decorar el peristilo de algún palacio subterráneo; allá una hermosa cabeza atrae y fija las miradas; en otra parte se ven infinitas petrificaciones sin formas determinadas, que presentan masas de deslumbrante blancura y figuras raras y caprichosas.
Los naturales hacen notar en la cueva llamada de María Teresa pinturas bizarras designadas en las paredes con tintas de vivísimos e imborrables colores, que aseguran ser obra de los indios, y mil tradiciones maravillosas prestan cierto encanto aquellos subterráneos desconocidos; que realizando las fabulosas descripciones de los poetas, recuerdan los misteriosos placeres de las hadas.
Nadie ha osado todavía penetrar más allá de la undécima sala; se dice empero vulgarmente que un río de sangre demarca su término visible, y que los abismos que le siguen son las enormes bocas del infierno. La ardiente imaginación de aquel pueblo ha adoptado con tal convicción esta extravagante opinión que, por cuanto hay en el mundo, no se atreverían a penetrar más allá de los límites a que se han concretado hasta el presente los visitadores de las cuevas, y lo estrecha y peligrosa que se va haciendo la senda subterránea, a medida que se interna, parece justificar sus temores.
Don Carlos de B... y su familia, llevando a Sab por Cicerone, emprendieron, al día siguiente de su llegada a Cubitas, la visita de estas grutas. En la bajada, que es peligrosa, Carlota tuvo miedo, y el mulato, más diestro y vigoroso que Otway, fué esta vez también más dichoso, pues bajó casi en sus brazos a la doncella.
Teresa apenas necesitó ayuda; ágil y valiente descendió sin palidecer un momento, y con aquella fría serenidad que formaba su carácter. Sab bajó luego una a una con el mayor esmero a las niñas, y ayudó al señor de B.... siendo Enrique el último que verificó aquel descenso, con más animosidad que destreza. A pesar del auxilio de una gruesa cuerda, y de la robusta mano de un negro, fallóle un pie en la mitad del declive y hubiera indudablemente y caído, arrastrando consigo al esclavo, si Sab, que bajaba detrás de él, conduciendo una gran tea de madera resinosa, que en el país llaman cuaba, no le hubiese socorrido con tanta oportunidad como osadía.