—Bien venido sea, tres veces bien venido el señor de B.... a esta su casa.
—Buena Martina—respondió el caballero entrando sin cumplimiento en una pequeña sala cuadrada, y sentándose en una silla, (si tal nombre merecía un pedazo de madera mal labrado),—tengo el mayor gusto en volver a ver a una tan antigua conocida como sois vos, pero me pesa hallaros en tan extremada pobreza. Sin embargo, Martina, los años no pasan por vos, lo mismo estáis que cuando os vi hace diez años. No diréis otro tanto de mí: leo en vuestros ojos que me halláis muy viejo.
—Es verdad, señor,—repuso ella,—que estáis muy diferente de como os vi la última vez. Es natural,—añadió con cierto aire melancólico,—porque aun no habéis llegado a ser lo que yo soy y los años hallan todavía algo que quitaros. El árbol viejo del monte, cuando ya seco y sin jugo sólo alimenta curujeyes,[22] ve pasar años tras años sin que ellos le traigan mudanza. El resiste a los huracanes y a las lluvias, a los rigores del sol y a la aridez de la seca; mientras que el árbol todavía verde sufre los ataques del tiempo y pierde poco a poco sus flores, sus hojas y sus ramas. Pero he aquí,—añadió echando una ojeada sobre Enrique y las dos señoritas y luego en las cuatro niñas que la rodeaban,—he aquí tres hermosos árboles en todo el vigor de su juventud, con todos los verdores de la primavera, y cuatro tiernos arbolitos que van creciendo llenos de lozanía. ¿Son todos hijos vuestros? Pensaba que no teníais tantos.
Don Carlos tomó de la mano a Enrique.—No es mi hijo este mancebo,—la dijo,—pero lo será en breve. Os presento en él, querida Martina, al esposo de mi Carlota.
—¡Al esposo de vuestra Carlota!—repitió la vieja con tono de sorpresa e inquietud y echando en torno suyo una mirada cuidadosa, que pareció detenerse en el mulato que se mantenía respetuosamente detrás de sus amos. Luego volviéndose hacia las dos señoritas, examinólas alternativamente.—Una de ellas es mi hija y otra mi pupila,—dijo don Carlos notando aquel examen,—vamos a ver si adivináis cuál es Carlota. No he olvidado, Martina, que os preciáis de fisonomista.
La vieja miró fijamente a Teresa, cuyos ojos distraídos recorrían el reducido recinto de la pequeña sala en que se hallaba, y luego desviando lentamente su mirada la detuvo en Carlota, que se sonreía encendida como la grana. Los ojos de la india (pues no pretendemos disputarla este nombre) se encontraron con los de linda criolla.
—Esta es,—exclamó al momento Martina,—esta es Carlota de B..., he conocido esa mirada... sólo esos ojos podrían....—y se detuvo como turbada, añadiendo luego con viveza:—Solamente ella puede ser tan hermosa.
Carlota se mortificó de un elogio que le pareció poco atento en presencia de su amiga, mas Teresa no atendía a la conversación y tenía fijos los ojos en aquel momento en un objeto extraño y lastimoso, en cual aun no había reparado nadie sino ella.
En una especie de tarima de cedro, sobre una estera de guano yacía acurrucada en un rincón oscuro de la sala una criatura humana, que al pronto apenas podía reconocerse por tal. Mirándole con más detención, notábase que era niño, pero la horrible enfermedad que le consumía había casi del todo contrahecho su figura. Su cabeza voluminosa, cubierta por cabellos pobres y ásperos, se sostenía con trabajo sobre un cuello tan delgado, que parecía quebrantado por su peso, y sus ojos pequeños y hundidos aparecían rodeados de una aureola cárdena, que se extendía hasta sus pálidas mejillas. Sonreía el infeliz y se entretenía con un perrillo que estaba tendido entre sus dos flacas piernecitas, reclinada su cabeza en el abultado vientre del niño.
Las miradas de Teresa habían dirigido hacia aquel sitio las de todos los individuos de la compañía, y Martina, observándolo, exclamó con tristeza: