—¡Es mi nieto, mi único nieto!... Nada más me queda en el mundo... Mi hijo, mi nuera, mis dos nietecitos, tan lindos y tan robustos...., todos han muerto! Esta pobre criatura raquítica es lo único que me queda...., es la última hoja marchita que se desprenderá de este viejo tronco.

Don Carlos y sus hijos conmovidos se aproximaron al pequeño enfermo, pero divisando a Sab en aquel momento, arrojó el niño un grito penetrante de alegría, y el perro saltó, ahullando también. Arrastrábase el niño fuera de la tarima para acercarse al mulato, brillando en sus apagados ojos una vislumbre de felicidad, y el perro saltaba moviendo la cola y ahullando, y mirando alternativamente al niño y al mulato, como si quisiera indicar a éste que debía aproximarse a aquél. Hízolo Sab y al momento la pobre criatura se colgó de su cuello y el animal redoblando sus ahullidos, como si celebrase tan tierna escena, corría en torno de los dos, y se levantaba ora poniendo sus manos sobre los muslos del mulato, ora sobre la espalda del niño.

Martina contemplaba aquel cuadro con visible emoción; la ridícula gravedad con que se presentara a sus huéspedes había desaparecido y volviendo a don Carlos sus negros ojos, en los que temblaba una lágrima:

—Ya lo véis,—le dijo,—su cuerpo está casi muerto, pero aun hay vida en su corazón. ¡Pobre desgraciado!, vive todavía para amar: ama a Sab, a su perro y a mí, a las únicas criaturas que pueden apreciar y corresponder su cariño. ¡Pobre desgraciado! Y enjugó con su delantal la lágrima que ya había resbalado por su mejilla.

—Martina,—le dijo don Carlos,—habéis sido muy desgraciada, lo sé.

—Aun pude serlo más,—respondió ella,—vi expirar en mis brazos, uno tras otro, mis hijos y mis nietos; quedábame uno solo.... ¡Este! un incendio consumió mi casa y hubiera perecido entre las llamas mi pobre único nieto sin el valor, la humanidad....

Martina se detuvo repentinamente. El mulato, que acababa de desprenderse del niño y del perro, habíase puesto de pie frente a ella y su mirada imperiosa ahogó en sus labios las palabras que iba a proferir. Don Carlos y sus hijos la invitaron en vano a continuar su comenzada relación. Martina varió de objeto y preguntó a don Carlos si quería que se les sirviese la comida. Luego que Sab se alejó para prepararla, volvióse la anciana a sus huéspedes y con voz baja y cautelosa, y acento más conmovido, prosiguió:

—Sí, él fué, él quien salvó a mi pobre Luis, pero no se puede hablar de ello en su presencia: oféndele la expresión de mi gratitud. Mas ¡ah! ¿por qué había yo de ahogarla? ¿por qué?...., me es tan dulce repetir: ¡A él debo la vida de mi último nieto!

Carlota a estas palabras aproximó su silla a la de Martina, escuchándola con vivísimo interés. El mismo Enrique le prestaba atención; sólo Teresa manteníase algo desviada y como distraída. Martina prosiguió:

—Una feliz casualidad trajo a Sab a esta aldea algunos días antes del fatal incendio que me redujo a la indigencia. Visitábame a menudo y yo le amaba, porque él había asistido en sus últimos momentos a mi hijo, porque él fué nuestro consolador cuando había otros séres que participasen mis dolores. Luego que los perdí, todavía estuvo él junto a mí y lloramos juntos. El acompañó a su última morada a mis dos nietecitos, y el día en que enterró al último de ellos, volviendo a casa traía los ojos llenos de lágrimas y me abrazó gimiendo. Sab,—le dije en mi dolor señalando a mi pobre Luis,—ya no tengo más que a él en el mundo...., no me queda otro hijo.—Aun tenéis otro, madre mía,—exclamó uniendo sus lágrimas a las mías y con un acento que me parece estar oyendo todavía;—yo soy también un pobre huérfano: nunca di a ningún hombre el dulce y santo título de padre, y mi desgraciada madre murió en mis brazos: soy también huérfano como Luis, sed mi madre, admitidme por vuestro hijo.