—Sí, yo te admito,—le respondí levantando al cielo mis trémulas manos.—El se arrodilló a mis pies y en presencia del cielo le adopté desde aquel momento por mi hijo.
Martina se detuvo para enjugar las lágrimas que hilo a hilo caían de sus ojos; Carlota lloraba también; don Carlos tosía para disimular su conmoción, y aun Enrique se mostraba enternecido. Teresa verosímilmente no atendía a lo que se hablaba, entretenida al parecer en limpiar con su pañuelo un pedazo de piedra muy hermosa, que había cogido en las grutas.
—Sab estaba en Cubitas cuando el incendio de mi casa,—prosiguió Martina,—de aquella casa que yo debía a vuestra bondad, señor don Carlos, y a la eficacia de mi hijo adoptivo. El incendio consumía mi morada y yo medio desmayada en brazos de algunos vecinos atraídos por la compasión, o la curiosidad, veía los rápidos progresos del fuego y gritaba en vano con todas mis fuerzas:—¡Mi nieto! ¡Mi Luis!—Porque el niño, abandonado por mí en el primer instante de susto y sorpresa, iba a ser devorado por las llamas, que ya veía yo avanzar hacia el lado en que se encontraba el infeliz. Dejadme ir,—gritaba yo,—dejadme salvarle o morir con él. Pero me agarraban estorbando mi desesperado intento, y aunque penetrados de compasión todos, ninguno se atrevía a exponer su vida por salvar la de un pobre niño enfermo.
—¡Y Sab le salvó!—exclamó con viveza y emoción la señorita de B...—¿No lo habéis dicho así, buena Martina?
—¡Sab le salvó, sí!—respondió la anciana olvidando su cautela y levantando la voz en el exceso de su entusiasta gratitud.—¡Sab le salvó! Por entre las llamas y quemados los pies y ensangrentadas las manos, sofocado por el humo y el calor cayó exánime a mis pies, al poner en mis brazos a Luis y a Leal..., a este perro que entonces era pequeñito y dormía en la cama de mi nieto. ¡Sab los salvó a ambos! Sí, su humanidad se extendió hasta el pobre animalito.
Y Martina acariciaba con mano trémula al perrillo, que al oir su nombre había corrido a echarse a sus pies.
Carlota lloraba todavía y todavía tosía don Carlos, pero Enrique se había distraído de la relación de la anciana con la piedra que limpiaba Teresa y de la cual ambos admiraban el brillo extraordinario.
—¡Es hermosa!—decía Enrique.
—¡Oh! sí, ¡es hermosa!—repetía Martina que no echara de ver la distracción de dos de sus oyentes.—¡Es hermosa el alma de ese pobre Sab, muy hermosa! Luego que quedé sin casa, sin más bienes que mi nieto enfermo y su perro, no hallé otro asilo que esas cuevas, morada algunas veces de los negros cimarrones y siempre de los cernícalos y murciélagos.
Allí hubiera acabado miserablemente mis tristes días sin el ángel protector de mi vida. Sab, el mismo Sab ha levantado para su vieja madre adoptiva esta choza, en que tengo el honor de recibiros; él ha trabajado con sus manos los toscos muebles que me eran necesarios; él me ha dado todos sus ahorros de muchos años para aliviar mi miseria; él con su cariño, con su bondad, ha hecho renacer en este viejo y lacerado corazón las emociones deliciosas del placer y la gratitud. Sí, todavía palpita este pecho cuando le veo atravesar el umbral de mi humilde morada; todavía vierten estos ojos lágrimas de enternecimiento y alegría cuando le oigo llamarme su madre, su querida madre. ¡Oh Dios mío, Dios mío!—añadió elevando al cielo sus manos descarnadas:—¿Por qué ha de ser desgraciado siendo tan bueno?