Carlota, por el contrario, estaba radiante de placer y agradecía a su padre la ligera distinción que concedía al libertador de Luis y bienhechor de Martina. Ella era siempre la que se adelantaba a ofrecer al confuso mulato, ya de este ya de aquel plato; ella la que le dirigía la palabra con acento más dulce y afectuoso, y la que, con exquisita delicadeza, evitaba que en la conversación general se escapase una sola palabra que pudiese herir la sensibilidad o la modestia de aquel excelente joven, cuyo corazón merecía tantos miramientos; hizo ella misma el plato destinado a Luis, y no olvidó tampoco a Leal. Mirábala de rato en rato Martina, aunque no cesase de relatar sus sempiternos cuentos, y luego miraba también a Sab. Una vez después de estas miradas suspiró profundamente y sus ojos se cargaron de lágrimas: era precisamente cuando refería la triste historia del cacique Camagüey, y nadie extrañó su conmoción.

Era necesario regresar a la estancia de don Carlos, pues se iba haciendo tarde; al despedirse de Martina dejóle éste su bolsillo lleno de dinero, y la vieja lo colmó de bendiciones. Enrique le dió cariñosos adioses, y Carlota la abrazó con las lágrimas en los ojos, e igualmente al pequeño Luis; luego acarició a Leal recomendándoselo al niño y salió a juntarse con el resto de la compañía, que la aguardaba para partir.

La despedida de Sab fué más larga: tres veces le abrazó Martina y otras tantas tornó a abrazarle con mayor afecto. Luego Luis, colgado de su cuello, parecía reanimado por el cariño que su hermano adoptivo le inspiraba. Sab iba por último a arrancarse de sus brazos, dándole con paternal afecto el último beso, cuando el niño, reteniéndole con extraña tenacidad,—escucha,—le dijo,—tengo que pedirte una cosa, una cosa muy bonita que me han dado para ti; pero que tú, que eres tan bueno, querrás dejarme. El mulato oyó la voz de su amo que le llamaba para partir, y apartándose de Luis,—Sí,—le contestó, sin atender al objeto que excitaba los deseos del niño y éste apretaba en su mano derecha, cerrada con fuerza:—sí, yo te la regalo.

—Ya lo sabía yo,—exclamó con pueril regocijo el enfermo.—¡Ah! qué bueno eres: ya lo sabía yo desde que me dió este regalo aquella señora, que lloraba al dármelo para ti; pero tú no lloras porque se lo das a tu hermano; tú eres mejor que ella.

—¡Cómo! ¿Una señora te dió ese regalo para mí?—exclamó el mulato volviendo a arrodillarse sobre la tarima de Luis.

—Sí, una de esas que han estado hoy en casa, y me dijo que tú le amarías mucho: ¡ya la creo! ¡es tan bonito! pero tú amas más a tu hermano y por eso se lo has dado,—y el niño acariciaba la cabeza de Sab, pero éste no atendía ya a sus halagos.

—¡Una de estas señoras te lo ha dado! ¡Para mí! ¡Oh! ¡dámelo, dámelo!—y arrancó de la mano del niño, que defendía su tesoro con todas sus fuerzas, aquel objeto que excitaba ya su más ardiente anhelo.

—¡No me lo quites; tú me lo has dado! ¡es mío, es mío!—gritaba llorando Luis, y Sab precipitándose junto a la mesa, donde ardía una bugía, devoraba con los ojos aquel presente misterioso. Era un brazalete de cabellos castaños de singular hermosura, y el broche lo formaba, un pequeño retrato en miniatura.

—¡Es mío! ¡Dámelo!—repetía el niño tendiendo sus descarnados brazos y sus manitas transparentes.

—¡Es ella!—exclamaba sin oirlo el mulato.—¡Es su retrato! ¡Su pelo! ¡Dios mío, es ella!