Volvió a caer de rodillas junto a la tarima del enfermo y enajenado, convulso, fuera de sí, apretaba el brazalete y al niño sobre su pecho, gritando siempre:—¡Es ella! ¡Es ella!—El niño casi sofocado entre sus brazos procuraba desasirse sin dejar de repetir:—¡Es mío! ¡Es mío!
—En nombre del cielo,—le dice Sab,—en nombre del cielo repíteme lo que me has dicho. Luis, dímelo otra vez, dime que fué ella quien te ha dado esto para mí.
—Sí, pero tú me lo has regalado,—decía la pobre criatura.
—¡Oh! yo te daré mi vida, mi alma, todo lo que quieras, Luis, pero dímelo: ¿fué ella? Y oprimía entre las suyas las delicadas manos del niño.
—¡Me haces mal!—gritó amedrentado de los arrebatos de su hermano adoptivo:—¡Sab, déjame! No te pediré! No te pediré más esa cosa tan bonita. ¡Suéltame! Ay! Me rompes las manos.—Lloraba el niño y Sab era insensible a su llanto.
—¡Fué ella! ¡Fué ella!—repetía cada vez más enajenado.
—Sí, ella,—respondió balbuceando Luis,—esa señora, la más chica de las dos grandes, esa de los ojos verdes, y....
—¡Oh! ¡Teresa! ¡Teresa!—le interrumpió tristemente Sab, soltando las manos del niño:—¡Teresa ha sido!
—Mira, me le dió envuelto en este papelito y yo le saqué para mirarle. Toma el papel, y dame eso, dámelo querido Sab, tú me lo ofreciste.
Sab tomó el papel en el cual escritas con lápiz leyó estas palabras: «Luis ofrece al que ha salvado dos veces la vida de Enrique Otway esta prenda, en compensación de los beneficios que le debe.»