Enrique partió para Guanaja pasados tres días en Cubitas y la familia de B.... para Bellavista, después de dejar instalada a Martina en su nuevo domicilio, colmándola de regalos y recibiendo en cambio sus bendiciones.

¡Cómo pierden su hermosura los objetos mirados por los ojos de la tristeza! Carlota al restituirse a Bellavista miraba con indiferencia aquellos mismos campos, fértiles y hermosos, que tan grata impresión le causaran tres días antes, admirándolos con Enrique.

Iba a estar ocho días separada de aquel objeto de toda su ternura, y su tristeza era tanto mayor cuanto que una vaga inquietud, un indefinible temor atormentaban por primera vez su imaginación.

En los tres días pasados en Cubitas habíale parecido su amante frecuentemente triste y caviloso, y sus adioses fueron fríos. Cuando Carlota le hablaba de su próxima unión, Enrique callaba o contestaba con cierta confusión; cuando Carlota le reprochaba su displicencia, Enrique se disculpaba con pueriles pretextos. Una desconfianza indeterminada, pero cruel, oprimió por primera vez aquel cándido y confiado corazón.—No me ama tanto como yo le amo, se atrevió Carlota a confesarse a sí misma; alguna cosa le aflige que no se atreve a confiarme.

¡Enrique tiene secretos para mí! ¡Para mí que le he entregado mi alma toda entera! ¡Para mí que seré en breve su esposa!

Trataba en vano de adivinar la causa secreta de las cavilaciones de Enrique, y preguntábasela a su propio corazón. ¡Ah! ¿Cómo había de responderle aquel noble y desinteresado corazón? Carlota oyó decir a su padre que Otway se había sorprendido al saber el poco valor y escasos productos de las tierras que poseía en Cubitas; pero, ¿podía ella sospechar remotamente que aquel descubrimiento influyese en la tristeza y frialdad de su amante?... Si un desgraciado instinto se lo hubiese revelado, Carlota no hubiera podido amar ya, pero acaso tampoco hubiera podido vivir.

Melancólica y preocupada, llegó al anochecer a aquel ingenio del cual saliera tres días antes con tan risueñas disposiciones, y sabiendo que Sab debía partir al día siguiente para la ciudad pretextó tener que escribir varias cartas a algunas de sus conocidas y se encerró en su cuarto, para entregarse toda a su tristeza e inquietud; don Carlos siguió su ejemplo retirándose a su escritorio, con el verdadero objeto de escribir muchas cartas que debía Sab llevar al Correo, y las niñas, fatigadas, no tardaron en dormirse. Así únicamente Teresa permanecía en la sala al cuarto de hora de llegar al ingenio. Todos, al parecer, la habían olvidado y hallóse sola enteramente. Levantóse entonces de la butaca en que se había sentado, y acercándose con cautela a la puerta del cuarto que servía de dormitorio a las dos, y en el cual se hallaba entonces encerrada Carlota, aplicó el oído a la cerraja y escuchó atentamente por espacio de algunos minutos. Luego volvióse muy despacio a su silla.—¡No hay duda!—dijo en voz baja:—¡He oído sus sollozos! ¡Carlota! ¿Qué puede afligirte? ¡Eres tan dichosa! ¡Todos te aman! ¡Todos desean tu amor!... ¡Deja lágrimas para la pobre huérfana sin riquezas, sin hermosura, a la que nadie pide amor, ni ofrece felicidad!

Inclinó lánguidamente la cabeza, y quedó sumida en tan larga y profunda meditación, que durante más de dos horas no hizo el menor movimiento, ni apenas podría percibirse que respiraba. La vela de sebo, que ardía a su lado sobre una mesa, habíase gastado sin que ella lo advirtiese y estaba ya próxima a extinguirse. Por fin, volviendo progresivamente de aquella especie de letargo, exhaló primero un hondo suspiro; levantó luego con lentitud la cabeza y echó una ojeada al reloj de mesa que estaba junto a ella. ¡Las diez!—exclamó:—¡las diez! ¡Hace pues dos horas que estoy aquí sola!—Miró luego la puerta del cuarto en que se hallaba Carlota, y que permanecía cerrada todavía, y por último fijó los ojos en la vela expirante, que ya apenas iluminaba débilmente los objetos, si bien arrojaba por intervalos ráfagas de vivísima luz.—Así un corazón gastado por los pesares,—dijo tristemente,—arroja aún de tiempo en tiempo destellos de entusiasmo, antes de apagarse para siempre: así mi pobre corazón cansado de amargura, despedazado de dolores, vierte todavía sobre mis últimos años de juventud el resplandor siniestro de una llama criminal y terrible!

La luz arrojó en aquel momento una ráfaga más viva que las anteriores; pero fué la última: Teresa quedó en profunda oscuridad, y oyóse entonces su voz proferir con acento más triste:

—Así te extinguirás, desgraciado fuego de mi corazón, así te extinguirás también por falta de pábulo y de esperanza.