—¡No, Teresa! ¡Aún hay para vuestro amor una esperanza! Aún podéis ser dichosa,—respondió otra voz no menos sombría, que Teresa escuchó casi en su mismo oído. Lanzó ella un ligero grito, que al parecer fué sofocado por una mano colocada oportunamente sobre su boca.—¡Silencio!—repitió la misma voz,—silencio si no queréis perdernos a ambos. Teresa, yo os debo mucho y acaso puedo pagaros; vos habéis adivinado mi secreto y yo en cambio poseo el vuestro. Es preciso que haya una explicación entre nosotros: es preciso que me oigáis. ¿Lo entendéis, Teresa? Esta noche, cuando el reloj que hace un momento mirabais, haya sonado las doce, os aguardo en las orillas del río a espaldas de los cañaverales del Sur. Mañana debo partir y es forzoso que me oigáis antes, porque esta conferencia, yo os lo juro, decidirá de mi suerte y la vuestra. ¡Acaso también de la suerte de otros! ¿Juráis acudir a la cita, que os pido en nombre de todo lo que más amáis?
—Sab,—respondió Teresa con voz trémula y asustada:—¿qué quieres decir? soy una desgraciada a quien debes compadecer.
—Y a la que quiero y puedo hacer dichosa,—repuso con vivacidad su interlocutor.—¡Yo os lo suplico por la memoria de vuestra madre, Teresa! dignaos otorgarme lo que os pido. Mi vida, la vuestra acaso depende de esta condescendencia.
—¡A las doce! ¡Sola! ¡Tan distante!—observó en voz baja la doncella.
—¡Y qué! ¿Tendréis miedo del pobre mulato, a quien creisteis digno de recibir de vos el retrato de Carlota? ¿Me tendréis miedo, Teresa?
—No,—respondió ella con voz más segura:—¡Sab! yo te lo prometo, acudiré a la cita.
—¡Bendita seas mujer! ¡Y bien! a las doce, a orillas del río, a espaldas de los cañaverales del Sur.
—Allí me hallarás.
—¿Lo juras, Teresa?
—¡Lo juro!