SEGUNDA PARTE

CAPITULO I

Escúchame que no seré largo; la historia
de un corazón apasionado es siempre
muy sencilla.
Alfredo de Vigny.

Cinq-Mars.—Una conspiración.

Era una de aquellas hermosas noches de los trópicos: el firmamento relucía recamado de estrellas, la brisa susurraba entre los inmensos cañaverales, y un sinnúmero de cocuyos resaltaban entre el verde oscuro de los árboles y volaban sobre la tierra, abiertos sus senos brillantes como un foco de luz. Sólo interrumpía el silencio solemne de la medianoche el murmullo melancólico que formaban las corrientes del Tínima, que se deslizaba a espaldas de los cañaverales entre azules y blancas piedras, para regar las flores silvestres que adornaban sus márgenes solitarias.

En aquella hora una mujer sola, vestida de blanco, atravesaba con paso rápido y cauteloso los grandes cañaverales de Bellavista, y se adelantaba guiada por el ruido de las aguas, hacia las orillas del río. Al ligero rumor de sus pisadas, que en el silencio de la noche se percibía claramente, levantóse de improviso de entre las piedras del río la figura de un hombre de aventajada talla, y se oyó distintamente esta exclamación, proferida al mismo tiempo por los dos individuos que mutuamente se reconocían:—¡Teresa!—¡Sab! El mulato la tomó por la mano y haciéndola sentar sobre las piedras de que acababa de levantarse, postróse de rodillas delante de ella.—¡Bendita seáis Teresa! Habéis venido como un ángel de salvación a dar la vida a un infeliz que os imploraba; pero yo también puedo daros en cambio esperanza y consuelo: nuestros destinos se tocan y una misma será la ventura de ambos.

—No te comprendo, Sab,—contestó Teresa;—he venido a este sitio porque me has dicho que dependía de ello tu felicidad, y acaso la de otros; respecto a la mía, no la deseo ni la espero ya sobre la tierra.

—Sin embargo, al hacer mi dicha haréis también la vuestra,—la interrumpió el mulato;—un acaso singular ha enlazado nuestros destinos. ¡Teresa! vos amáis a Enrique y yo adoro a Carlota; vos podéis ser la esposa de ese hombre, y yo quedaré contento con tal que no lo sea Carlota. ¿Me entendéis ahora?

—Sab,—repuso con melancólica sonrisa la doncella,—tú deliras seguramente.—¿Yo puedo ser, dices tú, la esposa de Enrique?

—Sí, vos podéis serlo, y soy yo quien puede daros los medios para conseguirlo.