Teresa le miró con temor y lástima; sin duda creyó que estaba loco.—¡Pobre Sab!—dijo ella desviándose involuntariamente;—cálmate en nombre del cielo; no estás en tu juicio cuando crees....

—Escuchadme,—interrumpió con viveza Sab, sin darla tiempo de concluir la frase que había comenzado.—Escuchadme. ¡Aquí, en presencia del cielo y de esta magnífica naturaleza, voy a descubriros mi corazón todo entero! Una sola cosa exijo de vos: prometedme que no saldrá de vuestros labios una sola palabra de cuantas esta noche me escucharéis....

—Te lo prometo.

—¡Teresa!—prosiguió él, sentándose a sus pies—vos sabéis que este desventurado se atreve a amar a aquella cuya huella no es digno de besar; pero lo que no podéis saber es cuán inmensa, cuán pura es esta pasión insensata. ¡Dios mismo no desdeñaría un culto semejante!

Yo he mecido la cuna de Carlota: sobre mis rodillas aprendió a pronunciar—te amo—y a mí dirigieron por primera vez sus angélicos labios esta divina palabra. Vos lo sabéis, Teresa: junto a ella he pasado los días de mi niñez y los primeros de mi juventud; dichoso con verla, con oirla, con adorarla, no pensaba en mi esclavitud y en mi oprobio, y me consideraba superior a un monarca cuando ella me decía: “te amo”.

El mulato, cuya voz fué sofocada por la conmoción, guardó un instante de silencio y Teresa le dijo:

—Ya lo sé Sab: sé que te has criado junto a Carlota; sé que tu corazón no se ha entregado voluntariamente a una pasión insensata, y que sólo debe culparse a aquellos que te expusieron a los peligros de semejante intimidad.

—¡Los peligros!—repitió tristemente el mulato;—ellos no los preveían, porque no sospecharon nunca que el pobre esclavo tuviera un corazón de hombre; ellos no creyeron que Carlota fuese a mis ojos sino un objeto de veneración y de culto. En efecto, cuando yo consideraba aquella niña tan pura, tan bella, que junto a mí constantemente, me dirigía una mirada inefable, parecíame que era el ángel custodio que el cielo me había destinado, y que su misión sobre la tierra era conducir y salvar mi alma. Los primeros sonidos de aquella voz argentina y pura; aquellos sonidos que me parecían un eco de la eterna melodía del cielo, no me fueron desconocidos: imaginaba haberlos oído en otra parte, en otro mundo anterior, y que el alma que les exhalaba se había comunicado con la mía por los mismos sonidos, antes de que una y otra descendieran a la tierra.

Así la amaba yo, la adoraba desde el primer momento en que la vi reciennacida, mecida sobre las rodillas de su madre.

Luego la niña creció a mi vista y la hechicera criatura convirtióse en la más hermosa de las vírgenes. Yo no osaba ya recibir una mirada de sus ojos, ni una sonrisa de sus labios: trémulo delante de ella, un sudor frío cubría mi frente, mientras circulaba por mis venas ardiente lava que me consumía. Durmiendo, aun la veía niña y ángel descansar junto a mí, o elevarse lentamente hacia los cielos de donde había venido, animándome a seguirla con la sonrisa divina y la mirada inefable que tantas veces me había dirigido. Pero cuando despertaba, era la mujer y no el ángel la que veían mis ojos y amaba mi corazón. La mujer más bella, más adorable que pudo hacer palpitar jamás el corazón de un hombre: era Carlota con su tez de azucena, sus grandes ojos que han robado su fuego al sol de Cuba; Carlota con su talle de palma, su cuello de cisne, su frente de quince años...., y al contemplarla tan hermosa pensaba que era imposible verla sin amarla; que entre tantos como la ofrecerían un corazón encontraría ella uno que hiciese palpitar el suyo, y que para él serían únicamente todos los latidos de aquel hermoso seno, todas las miradas de aquellos ojos divinos y las sonrisas de aquellos labios de miel.