¡Teresa!—añadió bajando la voz que había sido hasta entonces llena, sonora y clara, y que fué luego tomando gradualmente un acento más triste y sombrío.—¡Teresa! ¡Entonces recordé también que era vástago de una raza envilecida! ¡Entonces recordé que era mulato y esclavo....! Entonces mi corazón, abrasado de amor y de celos, palpitó por primera vez de indignación, y maldije a la naturaleza que me condenó a una existencia de nulidad y oprobio; pero yo era injusto, Teresa, porque la naturaleza no ha sido menos nuestra madre que la vuestra. ¿Rehusa el sol su luz a las regiones en que habita el negro salvaje? ¿Sécanse los arroyos para no apagar su sed? ¿No tienen para él conciertos las aves, ni perfumes las flores?.... Pero la sociedad de los hombres no ha imitado la equidad de la madre común, que en vano les ha dicho: ¡Sois hermanos! Imbécil sociedad, que nos ha reducido a la necesidad de aborrecerla, y fundar nuestra dicha en su total ruina!
Calló un momento, y Teresa vió brillar sus ojos con un fuego siniestro.
—¡Sab!—dijo entonces con trémula voz:—¿me habrás llamado a este sitio para descubrirme algún proyecto de conjuración de los negros? ¿Qué peligro nos amenaza? ¿Serás tú uno de los....
—No,—la interrumpió él con amarga sonrisa:—tranquilizaos, Teresa, ningún peligro os amenaza; los esclavos arrastran pacientemente su cadena; acaso sólo necesitan para romperla oir una voz que les grite: ¡Sois hombres! pero esa voz no será la mía, podéis creerlo.—Teresa alargó su mano a Sab, con alguna emoción; él fijó en ella sus ojos y prosiguió con tristeza más tranquila:
—Era puro mi amor como el primer rayo del sol en un día de primavera, puro como el objeto que le inspiraba, pero ya era para mi un tormento insoportable. Cuando Carlota se presentaba en el paseo o en el templo y yo iba en su seguimiento, observaba todos los ojos fijarse sobre ella y seguía con ansiedad la dirección de los suyos. Si un momento los paraba en algún blanco y gentil caballero, yo suspenso, convulso, quería penetrar a su corazón, sorprender en él un secreto de amor y morir. Si la veía en casa melancólica y pensativa dejar caer el libro que leía, o el pañuelo que bordaba; si revelaba el movimiento desigual de su pecho una secreta emoción, mil dolores desgarraban el mío, y me decía con furor: Ella siente la necesidad de amar; ella amará y no será á mí.
No pude sufrir mucho tiempo aquel estado de agonía; conocí la necesidad de huir de Carlota y ocultar en la soledad de mi amor, mis celos y mi desesperación. Vos lo sabéis, Teresa, solicité venir a este ingenio, y hace dos años que me he sepultado en él, volviendo a ver raras veces aquella casa en que pasé días de tanta felicidad y de tanta amargura, y aquel objeto adorable, que ha sido mi único amor sobre la tierra; pero lo que no podéis saber ni yo podré deciros, es cuánto he padecido en estos dos años de voluntaria ausencia. ¡Preguntádselo a esos montes, a este río, a estas peñas! Sobre ellas he derramado mis lágrimas que el río arrastraba en su corriente. ¡Oh Teresa! preguntádselo también a este cielo que ostenta sobre nosotros sus bóvedas eternas; él sabe cuántas veces le rogué me descargase del peso de una existencia que no le había pedido, ni podía agradecerle; pero siempre había un muro de bronce interpuesto entre él y yo, y el eco de la montaña me volvía los lamentos de dolor, que el cielo no se dignaba acoger.
Una gruesa y ardiente lágrima se desprendió de los ojos de Sab, cayendo sobre la mano de Teresa, que aun retenía en las suyas; y otra lágrima cayó también al mismo tiempo y resbaló por la frente del mulato; esta lágrima era de Teresa, que inclinada hacia él, le fijaba una mirada de simpatía y compasión.
—¡Pobre mujer!—dijo él—¡Vos también habéis padecido! lo sé; los hombres al ver vuestro aspecto frío y vuestro rostro siempre sereno, han creído que ocultábais un corazón insensible, y han dicho acaso: ¡Qué feliz es! pero yo, Teresa, yo os he hecho justicia; porque conozco que para ahogar el llanto y disfrazar bajo una frente serena el dolor que despedaza el corazón, es preciso haber sufrido mucho.
Siguió a estas palabras un nuevo intervalo de silencio y luego prosiguió:
—Bajo un cielo de fuego, con un corazón de fuego, y condenado a no ser jamás amado, he visto pasar muchos días de mi estéril y triste juventud. En vano quería apartar a Carlota de mi imaginación, y apagar la llama insana que me consumía; en todas partes encontraba la misma imagen, a todas llevaba el mismo pensamiento. Si en las auroras de la primavera quería respirar el aire puro de los campos y despertar con toda la naturaleza a la luz primera de un nuevo día, a Carlota veía en la aurora y en el campo: la brisa era su aliento, la luz su mirar, su sonrisa el cielo. De amor me hablaban las aves que cantaban en los bosques, de amor el arroyo que murmuraba a mis pies, y de amor el gran principio de vida que anima el universo.