Si, cansado del trabajo venía a la caída del sol a reposar mis miembros a orillas de este río, aquí también me aguardaban las mismas ilusiones; porque aquella hora de la tarde, cuando el sinsonte canta girando en torno de su nido, cuando la oscuridad va robando por grados la luz y el color a los campos, aquella hora, Teresa, es la hora de la melancolía y de los recuerdos. Todos los objetos inspiran una indefinible ternura, y al suspiro de la brisa se mezcla involuntariamente el suspiro del corazón. Entonces veía yo a Carlota aérea y pura vagar por las nubes que doraba el sol en sus últimos rayos, y creía beber en los aromas de la noche el aliento de su boca. ¡Oh! cuántas veces, en mi ciego delirio, he tendido los brazos a aquel fantasma hechicero y le he pedido una palabra de amor, aun cuando a esta palabra hubiese de desplomarse el cielo sobre mi cabeza, o hundirse la tierra debajo de mis plantas!

¡Vientos abrasadores del Sur! cuando habéis acudido a mis desesperados clamores, trayendo en vuestras alas la tempestades del cielo, también vosotros me habéis visto salir a recibiros, y mezclar mis gritos a los bramidos del huracán y mis lágrimas a las aguas de la tormenta! He implorado al rayo y le he atraído en vano sobre mi cabeza: junto a mí ha caído, tronchada por él, la altiva palma, reina de los campos, y ha quedado en pie el hijo del infortunio! Y ha pasado la tempestad de la naturaleza y no ha pasado nunca la de su corazón!

—¡Oh Sab, pobre Sab! ¡Cuánto has padecido!—exclamó conmovida Teresa,—¡Cuán digno es de mejor suerte un corazón que sabe amar como el tuyo!

—Soy muy desgraciado, es verdad,—respondióla con voz sombría;—vos no lo sabéis todo; no sabéis que ha habido momentos en que la desesperación ha podido hacerme criminal. Sí, vos no sabéis qué culpables deseos he formado, qué sueños de cruel felicidad han salido de mi cabeza abrasada.... arrebatar a Carlota de los brazos de su padre, arrancarla de esa sociedad que se interpone entre los dos, huir a los desiertos llevando en mis brazos a ese ángel de inocencia y de amor.... ¡Oh, no es esto todo! He pensado también en armar contra nuestros opresores, los brazos encadenados de sus víctimas; arrojar en medio de ellos el terrible grito de libertad y venganza; bañarme en sangre de blancos; hollar con mis pies sus cadáveres y sus leyes y perecer yo mismo entre sus ruinas, con tal de llevar a Carlota a mi sepulcro; porque la vida o la muerte, el cielo o el infierno.... todo era igual para mí, si ella estaba conmigo.

Otro nuevo intervalo de silencio sucedió a estas palabras. Sab parecía haber caído en profundo enajenamiento, y Teresa, fijos en él los ojos, sentía en su corazón nuevas y extraordinarias sensaciones. Teresa, que jamás había oído de la boca de un hombre la declaración de una pasión vehemente, hallábase entonces como fascinada por el poder de aquel amor inmenso, incontrastable, cuya fogosa expresión acababa de oir. Había algo de contagioso en las pasiones terribles del hombre con quien se hallaba; acaso el aire que respiraba saliendo encendido de su pecho, se extendía quemando cuanto encontraba. Teresa temblaba, y una sensación muy extraordinaria se apoderó entonces de su corazón; olvidaba el color y la clase de Sab; veía sus ojos llenos del fuego que le devoraba; oía su acento que salía del corazón trémulo, ardiente, penetrante, y acaso no envidió ya tanto a Carlota su hermosura y la felicidad de ser esposa de Enrique, como la gloria de haber inspirado una pasión como aquella. Parecióle también que ella era capaz de amar del mismo modo y que un corazón como el de Sab era aquel que el suyo necesitaba.

El mulato, que absorto en sus pensamientos apenas atendía a ella, levantó por fin la cabeza y tomó otra vez la palabra, con más tranquilidad.

—En las pocas veces que iba a Puerto Príncipe, apenas veía a Carlota, pero interrogaba a todas sus criadas con mal disimulada ansiedad, deseando saber el estado de su corazón y temblando siempre de conseguirlo; pero mis temores quedaban desvanecidos. Belén, su esclava favorita como sabéis, me decía que aunque Carlota era el objeto de mil obsequios y pretensiones, no concedía a ningún hombre la más ligera preferencia; solía añadir que a su joven ama repugnaba el matrimonio y no escuchaba sin llorar la menor insinuación que respecto a esto le dirigía su padre. Tantas veces me fueron repetidas estas dulces palabras, que mis inquietudes se disipaban por fin poco a poco y.... ¿osaré confesarlo, Teresa? Sólo a vos, a vos únicamente podía hacer la penosa confesión de mi insensato orgullo. ¡Me atreví a formar absurdas suposiciones! Osé creer que aquella mujer cuya alma era tan pura, tan apasionada, no encontraría en ningún hombre el alma que fuese digna de la suya; me persuadí que un secreto instinto, revelándole que no existía en todo el universo más que una que fuese capaz de amarla y comprenderla, la había también instruído de que se encerraba en el cuerpo de un sér degradado, proscripto por la sociedad, envilecido por los hombres.... y Carlota, condenada a no amar sobre la tierra, guardaba su alma virgen para el cielo. ¡Para aquella otra vida donde el amor es eterno y la felicidad inmensa! Donde hay igualdad y justicia, y donde las almas que en la tierra fueron separadas por los hombres, se reunirán en el seno de Dios por toda la eternidad.

¡Oh delirio de un corazón abrasado! ¡a ti debo los únicos momentos de felicidad que después de cuatro años haya experimentado!

Una de las veces que estuve en la ciudad, no pude ver a Carlota, aunque permanecí tres días con este objeto. Belén me dijo que la señorita apenas salía de su cuarto; que se hallaba ligeramente indispuesta y muy triste, y rehusaba recibir hasta vuestras visitas, Teresa, y las de sus parientes. Según me ha confesado después, nadie ignoraba en la casa el motivo de su tristeza: su mano había sido rehusada a Enrique Otway; pero entonces nadie me comunicó estas noticias. A pesar de lo impenetrable que yo creía mi secreto, Belén lo había adivinado, y según me ha dicho después, ella rogó a las esclavas no hablar en mi presencia de los amores de la señorita. Inquieto con lo que se me decía de su poca salud y no logrando verla, pasaba las noches pegado a la ventana de su cuarto que da sobre el patio, y allí me encontraba la aurora, contento si en el silencio de la noche había podido percibir un suspiro, un movimiento de Carlota.

La última noche que pasé en la ciudad, estando más atento que nunca al más leve rumor que se sentía en aquella habitación querida, ya avanzada la noche creí oir andar a Carlota, y poco después aproximarse a la ventana contra la cual estaba apoyado; redoblé entonces mi atención y oí distintamente su dulce voz. Sabiendo que dormía sola, causóme admiración y poniendo toda mi alma en el oído, para entender lo que decía, conocí en breve que estaba leyendo. Era sin duda el libro de los evangelios el que ocupaba su atención, pues después de haber leído algunos minutos en voz baja, que no permitía oir distintamente las palabras, profirió por fin más alto: “Venid a mí los que estéis cargados y fatigados, y yo os aliviaré”[23]. Después de estas tiernas y consoladoras palabras, que repitió dos veces, dejé de oir la argentina voz y sólo pude percibir algunos suspiros. Trémulo, conmovido hasta lo más profundo del alma, repetía yo interiormente las palabras de consuelo que había oído y parecíame ¡insensato! que a mí habían sido dirigidas. Súbitamente sentí descorrer el cerrojo de la ventana, y apenas tuve tiempo de ocultarme detrás del rosal que la da sombra, cuando apareció Carlota. A pesar de ser la noche una de las más frescas del mes de noviembre, no tenía abrigo ninguno en la cabeza, cuyos hermosos cabellos flotaban en multitud de rizos sobre su pecho y espalda. Su traje era una bata blanquísima, y la palidez de su rostro y el brillo de sus ojos humedecidos, daban a toda su figura algo de aéreo y sobrenatural. La luna en su plenitud colgaba del azul mate del firmamento, como una lámpara circular, y rielaban sus rayos entonces sobre la frente virginal de aquella melancólica hermosura.