Yo me arrastré por tierra hasta colocarme otra vez junto a la ventana, y de pecho contra el suelo mis ojos y mi corazón se fijaron en Carlota. También ella parecía agitada, y un minuto después la vi caer de rodillas junto a la reja; entonces estábamos tan cerca, que pude besar un canto de la cinta que ceñía la bata a su cintura, y que colgaba fuera de la reja, mientras apoyaba en ella sus dos hermosos brazos y su cabeza de ángel. Permaneció un momento en esta postura, durante el cual yo sentía mi corazón que me ahogaba, y abría mis secos labios para recoger ávidamente el aire que ella respiraba. Luego levantó lentamente la cabeza y sus ojos llenos de lágrimas tomaron naturalmente la dirección del cielo. ¡Paréceme verla aún! Sus manos desprendiéndose de la reja se elevaron también y la luz de la luna, que bañaba su frente, parecía formar en torno suyo una aureola celestial. ¡Jamás se ha ofrecido a las miradas de los hombres tan divina hermosura! Nada había de terrestre y mortal en aquella figura: era un ángel que iba a volar al cielo abierto ya para recibirle, y estuve próximo a gritarle: ¡Detente, aguárdame! Dejaré sobre la tierra esta vil corteza y mi alma te seguirá.
La voz de Carlota, que sonó en mis oídos más dulce, más aérea que la voz de los querubines, ahogó en mis labios esta imprudente exclamación:—¡Oh tú, decía ella; tú, que has dicho:—Venid a mí todos los que estéis fatigados y yo os aliviaré!—recibe mi alma que se dirige a ti, para que la descargues del dolor que la oprime.—Yo uní mis preces a las suyas, Teresa, y en lo íntimo de mi corazón repetí con ella: Recibe mi alma que se dirige a ti. Yo creía sin duda que ambos íbamos a morir en aquel momento y a presentarnos juntos ante el Dios de amor y de misericordia. Un sentimiento confuso de felicidad vaga, indefinible, celestial, llenó mi alma, elevándola a un éxtasis sublime de amor divino y de amor humano; a un éxtasis inexplicable en el que Dios y Carlota se confundían en mi alma.
Sacóme de él el ruido estrepitoso de un cerrojo; busqué a Carlota y ya no la ví; la ventana estaba cerrada, y el cielo y el ángel habían desaparecido. ¡Volví a encontrar solamente al miserable esclavo, apretando contra la tierra un corazón abrasado de amor, celos y desesperación!
CAPITULO II
¿Qué haré? qué medio hallaré
donde no ha de hallarse medio?
Mas si el morir es remedio,
remedio en morir tendré.
Lope de Vega.
—¡Pobre Sab!—exclamó Teresa—cuánto habrás padecido al saber que ese ángel de tus ilusiones quería entregarse a un mortal!
—¡Indigno de ella!—añadió con tristeza el mulato.—Si, Teresa, cien veces más indigno que yo, no obstante su tez de nieve y su cabello de oro. Si no lo fuese, si ese hombre mereciese el amor de Carlota, creedme, el corazón que se encierra en este pecho sería bastante generoso para no aborrecerle. ¡Hazla feliz! le diría yo, y moriría de celos bendiciendo a aquel hombre. Pero no, él no es digno de ella: ella no puede ser dichosa con Enrique Otway.... ¡Ved aquí el motivo de mi desesperación! Carlota en brazos de un hombre era un dolor...., un dolor terrible! pero yo hubiera hallado en mi alma fuerzas para soportarlo. Mas Carlota entregada a un miserable.... ¡Oh Dios! ¡Dios terrible!.... ¡Esto es demasiado! Había aceptado el cáliz con resignación y tú quisiste empozoñar su hiel.
No volví a la ciudad hasta el mes anterior al pasado. Hacía ya cerca de dos que estaba decidido el casamiento de Carlota, pero nada se me dijo de él y no habiendo estado sino tres días en la ciudad, siempre ocupado en asuntos de mi amo, no vi nunca a Otway y volví a Bellavista sin sospechar que se preparaba la señorita de B.... a un lazo indisoluble. Ni mi amo, ni Belén, ni vos, señora.... nadie me dijo que Carlota sería en breve la esposa de un extranjero. ¡El destino quiso que recibiese el golpe de la mano aborrecida!
Sab refirió entonces su primer encuentro con Enrique y, como si el recuerdo de aquella tarde fatal fuese de un peso mayor que todos sus otros dolores, quedó después de dicha relación sumido en un profundo abatimiento.
—¡Sab,—díjole Teresa con acento conmovido—yo te compadezco, tú lo conoces, pero ¡ah! ¿qué puedo hacer por ti?....