—Mucho,—respondió levantando su frente, animada súbitamente de una expresión enérgica;—mucho, Teresa: vos podéis impedir que caiga Carlota en los brazos de ese inglés, y supuesto que vos le amáis sed su esposa.

—¡Yo! ¿Qué estás diciendo, pobre joven? ¡Yo puedo ser la esposa del amante de Carlota.

—¡Su amante!—repitió él con sardónica sonrisa—os engañáis, señora, Enrique Otway no ama Carlota.

—¡No la ama! ¿Y por qué pues ha solicitado su mano?

—Porque entonces la señorita de B.... era rica;—respondió el mulato con acento de íntima convicción—porque todavía no había perdido su padre el pleito que le despoja de una gran parte de su fortuna; porque aun no había sido desheredada por su tío. ¿Me entendéis ahora, Teresa?

—Te entiendo,—dijo ella,—y te creo injusto.

—No,—repuso Sab,—no escucho ni a mis celos ni a mi aborrecimiento al juzgar a ese extranjero. Yo he sido la sombra que por espacio de muchos días ha seguido constantemente sus pasos; yo el que ha estudiado a todas horas su conducta, sus miradas, sus pensamientos....; yo quien ha sorprendido las palabras que se le escapaban cuando se creía solo y aun las que profería en sus ensueños, cuando dormía; yo quien ha ganado a sus esclavos para saber de ellos las conversaciones que se suscitaban entre padre e hijo, conversaciones que rara vez se escapan a un doméstico interior, cuando quiere oirlas. ¡No era preciso tanto, sin embargo! Desde la primera vez que examiné a ese extranjero, conocí que el alma que se encerraba en tan hermoso cuerpo era huésped mezquino de un soberbio alojamiento.

—Sab,—dijo Teresa,—me dejas atónita; luego tú crees....

El mulato no la dejó concluir. Creo,—respondió,—que Enrique está arrepentido del compromiso que lo liga a una mujer que no es ya más que un partido adocenado; creo que el padre no consentirá gustoso en esa unión, sobre todo si se presenta a su hijo una boda más ventajosa; creo, Teresa, que vos sois ese partido que el joven y el viejo aceptarán sin vacilar.

Teresa creyó que soñaba.—¡Yo!—repitió por tres veces.